El club de las pequeñas cosas – para Zendalibros #historiasdesuperación

Cuando tienes cáncer tu mundo empieza a caerse a pedazos, si encima es tu cumpleaños y, mientras estás soplando las velas de la tarta, con tu hija y tu marido, sostienes el sobre con los resultados de la última exploración, piensas que esa vez puede ser la última.

—¡Felicidades mami! ¡Abre tu regalo! ¡Abre tu regalo!

—Un puzle —dije, intentando aguantar las lágrimas. «Nueve mil piezas», pensé. Que cifra tan grande para alguien a la que la vida se había convertido en algo a corto plazo.

La doctora Arrasate fue clara cuando le puso nombre a mi sentencia de muerte: cáncer de mama. Reaccioné de inmediato haciendo acopio de una falsa entereza y preguntando por la gravedad del mismo. La respuesta fue igual de dura que el diagnóstico.

—Si, es complicado. Los marcadores salen disparados y además tienes los ganglios afectados.

Me hundí en la silla, mi hermana Pilar, que estaba conmigo, tuvo que sujetarme para no caer al suelo. No sabía si gritar o llorar, no podía, no quería, no a cualquier cosa. Estaba asustada y perdida, en un solo segundo, mi vida se escapaba a mi control y, si alguna vez lo había sido, ya no era dueña de mi destino.

Las palabras no me salían de la boca, tenía la garganta secuestrada por la angustia. Pilar se comprometió a hablar con Jorge y contárselo todo. Sin saber ni como salí de la consulta sola y deambulé sin rumbo, toda la tarde, hasta llegar a la puerta de mi casa.

Cuando abrí la puerta, Jorge estaba sentado junto a la mesa de la cocina, con gesto serio. Sin decir nada, se levantó y me abrazó. Me abrazó con su cuerpo, su corazón y su alma. Sobraban las palabras, sabía que estaría conmigo pasase lo que pasase. Había puesto a girar el universo en torno a mí…

Los días posteriores fueron una locura, buscamos a un especialista en mi tipo de cáncer y me realizaron nuevas pruebas. Mi capacidad para actuar era nula, iba de un sitio a otro sin apenas darme cuenta. Sólo obedecía a las indicaciones que me daban, ofreciendo mi cuerpo para lo que hiciera falta. La información me llegaba en avalancha y no podía pensar. Algunos resultados parecían prometedores, mientras otros los contradecían aportando más oscuridad a mi futuro. Ante tanta controversia, la doctora me mandó hacer un PET TAC con el que detectaría si tenía algún otro cáncer en mi cuerpo, en definitiva, si tenía la tan temida metástasis.

Las horas de espera, para los resultados, fueron terribles. Pilar y Jorge estaban conmigo intentando tranquilizarme con sus palabras. Yo me encontraba como el condenado a muerte que espera la llamada de última hora para parar la ejecución. Un diagnóstico positivo significaría una muesca más en el haber de esta maldita enfermedad. Pensaba en mi hija, de qué manera se lo contaría, cómo le explicaría que su madre no estaría en todos los momentos relevantes de su vida. Esa desazón me retorcía el corazón y creaba en lo más profundo de mi ser un frío intenso que me hacía temblar. Sólo deseaba salir de allí y correr a los brazos de mi madre y perderme en su regazo. Ella si que sabía curar a la gente. Hacía un año de su pérdida y la echaba mucho de menos.

La prueba dio negativa: no existía metástasis. Algo empezó a nacer en mi interior, algo que te hace andar, que te hace dar un paso más, que no permite que te rindas: ESPERANZA.

Gota a gota, algo prendió dentro de mí desatando una fuerza de la que no tenía conocimiento. Ahora era mi turno, ya no más miedo, ni cobardía, ni ansiedad, ni tristeza, ni culpa…Me tocaba golpear y no estaba dispuesta a hincar la rodilla de nuevo. Tenía a mi enemigo cara a cara y no era tan grande como pensaba, lucharía con todo lo que tuviera a mi alcance, movería cielo y tierra para encontrar las armas necesarias para derrotarlo. Vencería y él lo sabía.

Algunas semanas más tarde y tras ocho horas de operación, el cáncer dio una nueva vuelta de tuerca en nuestra lucha. El cirujano nos adelantó que los ganglios estaban peor de lo que esperaba y que, con toda seguridad, tendría que someterme a un tratamiento de quimioterapia. Reconozco que la noticia me hizo flaquear un poco, pero ya no era la mujer que se escondía, ya no. Jorge y Pilar fueron mis apoyos, mi hija mi fuerza y mi madre, donde quiera que estuviese, mi coraje. No estaba sola, tenía mucha gente detrás empujándome hacía la recuperación.

Me enfrenté al tratamiento de manera creativa, investigué la mejor forma de sobrellevar los efectos secundarios, me puse en manos de un nutricionista para cambiar mi alimentación, cada mañana me levantaba para hacer el ejercicio que mi cuerpo me permitía y fortalecí mi mente, con la ayuda de un psicoanalista. No pensaba en la muerte, estaba convencida que ganaría cada batalla y también la guerra.

Quise compartir esta sensación con personas que estaban como yo al principio. Fundé «El club de las pequeñas cosas». Allí hablábamos de todas aquellas pequeñas cosas que el cáncer nos había enseñado a valorar y, que antes, no apreciábamos: un amanecer, una caricia, el sabor de la fruta fresca, la brisa rozando tu cara…

El pago para pertenecer al club tenía que ser algún objeto significativo en tu lucha. Yo entregué una pieza del puzle, la número nueve mil, la única que queda por poner.

Tras nueve meses de tratamiento llegó el final. El camino había sido duro y tortuoso. Frente al espejo ya no veía a la mujer de ayer, ya no era la misma. Era como si hubiese descifrado el código genético de la vida y absorbiera cada segundo de la misma, por los poros de mi piel. No sé que me depararía el futuro porque solo me interesaba vivir el presente: mi presente.

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