Carta de amor ganadora “I certamen de cartas de amor de Huércal de Almería”

“Cada lunes, cuando amanece, me quedo mirando el hueco que dejas, imaginando que estás allí, flotando, en mi duermevela. Acaricio suave, con la yema de los dedos, tus sábanas marcadas, dibujando tu silueta con mi recuerdo.

Cada martes, en las luces primeras, me desespero con tu pérdida, como si no fuese a verte más, abandonando mi tacto hambriento y a mis labios sedientos.

Cada miércoles te encuentro entre los efluvios mañaneros. Lloro por lo efímera que será tu presencia y sostengo la inspiración guardándote dentro, para después privarme, con un suspiro,  de tu encierro.

Cada jueves despierto alentado de amanecer en el día equivocado, pero sigo sin hallarte al completo. La soledad hace preso mi desconsuelo, y juguetona, hace eco de mis llamadas devolviendome solo lamentos.

Cada viernes tempranero me rebelo, y evito girarme para no sentirme engañado, que si no veo no siento,y si no siento no muero. Y si no muero, te tengo en otro momento…

Cada sábado, en la mañana, es la esperanza la que me gira buscando el despertar de tus ojos enamorados, que al no recibir tu encuentro, vuelve a girarme, derrotado.

Cada domingo… ¡Ay, el domingo! En el domingo tu abrazo sigue tierno, tu fiebre reposa mis huesos y tu respiración sopla mis desvelos. Ya no hay soledad, no ha miedo, ni llantos, ni silencio, estás tú, solo tú, morando sobre mi piel, dándole a mi vida el verso, desvaneciendo de la memoria el sufrimiento. Dándome entereza para soportar más despertares, con tus restos.”

La loca de los gatos

Por ahí va “la loca de los gatos”, así la llaman jugando los chiquillos del barrio. Y ella, torbellino arremolinado, se revuelve escupiendo sapos, manoteando al aire su disgusto y pisando con fuerza su arrebato. La conozco desde que vio luz mi conciencia, es como la Alcazaba que siempre ha estado ahí, quieta.

-Hola Lola, ¿dónde vas?- le pregunto con sorna.

-A dar de comer a mis gatos- me dice ella peleona.

Las estaciones no pasan por su armario, siempre va de invierno, con chaquetón sin mangas y calcetines largos, que el calor va acondicionado y el frio acalorado, terminando el atavío con unos botines muy bien atados.

Es “la loca” porque decidió no seguir al ganado, dejó aparte el juicio para irse al otro lado. Que la gente le diga lo que quiera, que ella tendrá su glosario, listo para ser usado.

-Hola Lola, ¿dónde vas?- le repito resabiado.

-¡Que pesao! ¡A dar de comer a mis gatos!- me grita con enfado.

Y es “de los gatos” porque son como sus hijos, los atiende a cientos y a ninguno lo deja desamparado. Pide comida, agua y salario, que no sea por ella proclama a los cuatro costados.

Los felinos maúllan cuando la ven al fresco, correteando entre sus pies buscando afecto.

La sigo por las sinuosas calles del centro, curioso de su labor, a una distancia prudencial para no ser descubierto. Llega hasta su casa, bajo la dulce mirada del monumento, entra por el marco de una puerta, hueca de material, que siempre está abierta.

Me siento en su tranco y observo atento. Ahí está la Lola, vestida con el manto de sus gatos prestos. Sin manos para tantas caricias ni boca para tantos besos. ¿Quién quiere hombre que la ame si tiene a todos estos? Los gatos no mienten, ni pegan, ni traicionan, son tal cual es ella. Almas gemelas.

La veo tumbarse en un colchón, sin taparse del tiempo, mirando al cielo, contando las estrellas que se le cuelan por un agujero.

Alargo la mirada, solo veo espacios que ocupaban sus efectos. Paredes desnudas de lienzos, con marcas de lo que antes fueron recuerdos.

-Lola, ¿por qué no tienes puerta?- a decir me atrevo.

-¿Otra vez tú, hijo mío?-contesta.-No temo perder lo que no tengo.

-¿Cómo puedes vivir así?- me emociono diciendo.

-¿Y tú? Con tu cerrojos y tus miedos. No es más libre el que tiene por casa un encierro, que el que hace de la suya un destierro.

-Pero Lola…-llego a decir al quiebro.

La Lola se acerca, y le dice a mi silencio:

-Chiquillo, no te apures, que este lugar es pañuelo de todos mis desconsuelos y estos gatos la calma de mis entuertos. No estoy triste, más no te niego que me vendrían muy bien un par de obreros.

Con los ojos empapados en llanto, salgo por la puerta angustiado:

-¡Vecinos! ¡Vecinas! ¡A mí! ¡Que pare la zambomba, la pandereta y el concierto!

Los vecinos alarmados se acercaron a ver que estaba ocurriendo.

-¡Chaval!, ¿qué te pasa? ¡Que estamos en Nochebuena!

-¡Que pare la fiesta! Que para la Lola no es más noche que otra de luna llena.

-¡Pero si está loca!-vociferan.

-¡No más loco que tú, que yo y que aquel, si permitimos esto!

La comidilla se hizo murmullo, para más tarde gritos de aliento:

-¡Ayudemos a la Lola! ¿Qué somos? ¿Animales?

-Ojalá…-susurra ella.

En procesión, los vecinos adoran el nuevo portal navideño. Unos conformaron el techo, otros amueblaron los cercos, algunos trajeron dulces, y unos carpinteros, material al hueco.

A estos últimos, la Lola los para en seco:

-¡Vecinos! Yo os lo agradezco, pero no quiero puerta, que no temo perder lo que no tengo, y a mi casa, que es la vuestra, con el corazón puro, siempre estará abierta.

 

Allí se quedó la Lola, rodeada de gestos. Entre vecinos, amigos y hermanos, ella se seguía guardando un último bocado. No para ella, para sus hijos, los gatos.

El hombre invisible (#cuentosdeNavidad para el concurso de Zenda e Iberdrola)

La Navidad era la mejor época del año para Nicolás, cuando las luminarias navideñas prendían en las calles, se alzaba el telón y un foco cenital coloreaba su gris natural: se hacía visible para el común de la gente.

-Mira Jesús, ahí hay un pobre, toma esta moneda y dásela -dijo un padre a su hijo.

– ¿Nicolás? No acepta monedas, solo deseos -contestó el niño.

-¿Cómo…?¿Tú lo conoces?

-Claro, es el señor pobre que siempre está en el parque.

-Bien, bueno, llevasela.

El chico intentó rebatir al padre con un gesto de protesta pero, ante la firmeza de éste, resignado, corrió hacía el mendigo.

-Hola Nicolás, mi padre me ha dicho que te dé esta moneda.

-Hola Jesusito, sabes que no quiero dinero -contestó Nicolás, sonriendo.

– Lo sé, “solo deseos” -remarcó con voz grave -. Se lo he dicho, pero ha insistido -terminó quejándose.

-Por favor, dale a tu padre las gracias. Prefiero que me regaléis un deseo, uno grande.

Jesús, con la moneda apretada en la mano, volvió con su padre y, gritando, le devolvió el mensaje. – ¡Ya te he dicho que Nicolás no acepta monedas!

-¿Será posible…? -replicó el padre, contrariado. Cogió a Jesús de la mano y se acercó a Nicolás.

-Disculpe, mi hijo dice que usted no acepta la moneda, ¿es cierto?

-Hola, feliz Navidad, mi nombre es Nicolás, ¿y el suyo?

-Eh… feliz…Navidad, soy José.

-Hola José, en efecto, Jesús tiene razón, no acepto monedas, pero si tiene un deseo…

-¡Por favor, déjese de tonterías y acepte la moneda, con deseos no se come! -le cortó José, con desdén.

Nicolás se levantó, poco a poco, para ponerse delante de José.

-Es verdad, tiene usted razón, no se come. Mire, aquella muchacha se llama Lucía y desea tener un hijo más que nada en este mundo, aquél de allí es “Paco el barrendero”, su mayor deseo es que su hija encuentre trabajo para que no tenga que irse al extranjero a buscarlo. Luis y Marcos, esos críos que están con la pelota, desean jugar algún día en un equipo de primera división, María, aquella señora mayor que está sentada en ese banco, desea encontrar de nuevo el amor…

-Si, muy bien, todos desean algo, eso es “el cuento de la lechera”. -volvió a interrumpir José.

-No, no se equivoque, no todo está en los deseos, está en la ilusión. Si usted viese con la fuerza y sentimiento que los describen. Es un momento mágico en el que el deseo se hace realidad, sus miradas se pierden en el vacío mientras los dibujan en el aire. Es un honor y una suerte que me hagan partícipe de ellos. Mi alma recibe una descarga de energía positiva tan grande, que gracias a ella soy capaz de levantarme cada mañana. Es como la manta que me tapa en las noches estrelladas, el silencio de mi estómago hambriento, mi paño de lágrimas y calma de la ira por la injusticia que me llevó a esta situación.

José, admirado por la exposición, acalló su soberbia y preguntó -¿Qué le ocurrió?

-Como a miles de personas, el banco me dejó sin dinero, sin dignidad y sin la casa. El negocio iba mal, la hipotequé pensando en que mejoraría y al final me vi envuelto en la ignominia que este gobierno está permitiendo. Me impusieron unas condiciones de pago alternativas a las que tampoco podía hacer frente y terminaron por desahuciarme.

-Lo siento, es una gran injusticia. Si puedo hacer algo por usted -susurró José, avergonzado.

-Sí, dígame su deseo.

-¿Mi deseo? -Preguntó José -.Mi deseo es que usted salga pronto de esta situación -dijo a continuación.

-Gracias, pero no me vale un deseo circunstancial. ¿Cuál es el deseo que le hace sonreír y el que acaricia en su duermevela? -Preguntó Nicolás.

Con gesto reflexivo, José dijo en voz baja -viajar, me encantaría viajar con mi familia alrededor del mundo, conocer otras culturas, ver los paisajes que aparecen en los documentales y no parar hasta que llegase al último confín de la Tierra. Ver amaneceres increíbles, ocasos maravillosos, tormentas terribles, selvas peligrosas…

-Gracias -contestó Nicolás. Cogió la mano de José y le hizo el gesto de entregarle algo -. En agradecimiento le voy a dar lo que su hijo desea en el parque cada día.

-No tengo nada -dijo José extrañado, mirándose la mano.

-¿Cómo?¿Ya lo ha perdido? -Replicó sorprendido Nicolás. -Tome de nuevo y cuídelo -. Volvió a hacer el mismo gesto de antes.

-Perdone Nicolás, mi mano está vacía -contestó José enseñándole la palma de la mano.

-Acabo de darle dos instantes de tiempo y los ha perdido. Podría haberlos aprovechado y, sin embargo, ha decidido dejarlos pasar. José, Jesús, desea que su padre aparezca en el parque para jugar con él. Siempre comenta lo mucho que lo echa de menos, que no recuerda la última vez que se divirtieron juntos, que ha olvidado su voz “de contar cuentos” por las noches, le encantaría que lo viera subir al columpio más alto y que, cuando llora, esté ahí para consolarlo.

José, con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos, intentaba defenderse -. El trabajo…estoy muy liado ahora…tengo mucho estrés.

-Yo le he dado dos instante de tiempo y usted los ha desperdiciado, haga con cada uno de ellos algo útil, no se limite con estar: ¡exista!

-Hijo, lo siento, perdóname. Te prometo que pasaré más tiempo contigo -dijo angustiado José, a la vez que abrazaba a su hijo con fuerza.

– Deseo cumplido Jesús -susurró Nicolás.

Esa noche, Nicolás cenó y durmió caliente como hacía tiempo que no lo había hecho. Disfrutó cada segundo, cada matiz del sabor de la comida, el olor a hogar, el suave tacto de las sábanas limpias al rozar su piel, el descanso de su maltrecha espalda sobre el colchón.

Sabía que esto se acabaría cuando las luces se apagaran, cuando los villancicos callasen y todo se tornara en gris. Entonces, volvería a ser invisible, con sus deseos.

 

La llamada de la carne. (#historiasdemiedo para el concurso de Zenda)

La habitación era pequeña y de forma rectángular. Una puerta, una gran cortina de color azul marino con ribetes dorados y un pequeño aparato de aire acondicionado, funcionando a toda potencia, eran los únicos elementos destacables de las paredes. El suelo era de mármol blanco. En el techo, un par de halógenos de poca potencia disparaban sus haces sobre un carro mortuorio en el que reposaba un ataúd cerrado.

El susto fue mayúsculo. – ¡Pero que coño! ¡Joder! ¿qué es esto? – gritó Paúl a la vez que de un salto conseguía ponerse en pie.

Tras un chasquido sordo, las cortinas comenzaron a enrollarse lentamente a los lados, dejando a la vista un amplio ventanal. Atraído por el movimiento, rodeó nervioso el funesto parapeto, como si tuviese la lepra, para acercarse al cristal descubierto. Una sala en penumbra, de mayor dimensión, con algunos sillones de piel y mesas de color “wengué”, se perdía donde lo hacía su escueto ángulo de visión.

– ¡Ayuda! ¡Socorro! ¡Eeeeeeh! ¿Hay alguien? – desgañitó su garganta a golpe de cristal.

La intensidad de los halógenos pareció aumentar algunos grados, aunque no lo suficiente como para aclarar la habitación por completo. Un golpe de cerradura sonó entonces.

La puerta, hasta entonces en silencio, chirrió lentamente al abrirse. Paúl hizo ademán de hablar. Desde el otro lado, una figura corpórea vestida de negro se deslizó volátil hacia el interior, con el rostro vendado de sombras. Éste, con la voz gastada, retrocedió como pudo buscando refugio en la oscuridad de un rincón, rehuyendo el macabro encuentro, hasta convertirse en un ovillo de brazos y piernas donde ocultó la cabeza. Muerto de miedo.

Desde su escondite, el tiempo pasó por su mente como la de un condenado a punto de ser ejecutado, esperando el golpe final. Un nuevo chirrido, seguido del golpe de cerradura lo devolvió de nuevo a la habitación. Poco a poco fue irguiendo la cabeza. La puerta volvía a estar cerrada y la habitación había cambiado: Un par de coronas de flores adornaban la pared y el ataúd estaba abierto, con la tapadera apoyada verticalmente. La escena le dio aún más pavor.

Evitando mirar dentro del ataúd, con la cara tapada, cruzó la sala buscando la puerta. Algo le retuvo. No sabía decir qué, pero alguna fuerza extraña tiraba de cada molécula de su ser e impedía que avanzara más allá del féretro. Empujaba con todas sus fuerzas para cubrir el siguiente paso, pero no podía avanzar ni medio. La angustia se apoderó de él. Una oleada de pánico hundió la última barcaza de esperanza que le quedaba, sucumbiendo a la reciedumbre de lo desconocido.

En ese momento, desde el ventanal, un chorro de luz invadió la mitad de la habitación. Paúl, con el rostro desencajado, giró sobre sus pies y vio como tres plañideras de riguroso luto, con el rostro oculto tras sendos velos, dirigían su atención hacia dentro del ataúd, poseidas por una risa nerviosa o llanto incontenible.

-¡Aaaaaah! ¡Aaaaaah! – gritos de desesperación unidos a terribles golpes sobre el cristal se sucedieron entonces. Sus ojos, fuera de las órbitas, buscaban enloquecidos correspondencia tras los velos. Otras personas se acercaron al cristal alertados por el alboroto, o eso creía Paúl al principio. LLoraba de emoción y hacia gestos con sus manos buscando un hálito de aprobación, una señal, un saludo, algo. Pronto comprobó que todos cercaban su mirada sobre el ataúd. Nadie se había percatado de su presencia, de sus gritos, de sus golpes. La gente iba y venía para asomarse al cristal con un objetivo distinto al que él habría deseado.

Todo este tiempo, había evitado mirar dentro del féretro, algo le decía que el cuadro no iba a ser de su agrado. La lucha interna terminó con un tímido giro de cuello para asomar su mirada, por primera vez. Efectivamente, lo que vio, fue espeluznante…

Una persona bastante mayor que él, de pelo blanco, boca y ojos pegados, la cara, con un brillo mortecino, parecía estirada, presentando un gesto, a todas luces, antinatural. Iba vestido con un traje gris desgastado, con una camisa blanca abotonada hasta el cuello y tapado hasta el ombligo con una sábana como sudario.

-Esa cara…Esa cara. ¿Dónde he visto antes esa cara?- se preguntó, mientras su conciencia buscaba, de modo desordenado, el rostro del fallecido en la memoria. Y recordó.

-Conduzco y…y un camión se abalanza contra mí. Vueltas… Grito. Sonido de ambulancias. Dolor, mucho dolor. Todo pasa muy rápido, luces continuas en el techo y me paran. Giro la cabeza, ahí está. En la camilla de al lado. Es él. ¡Es él! Me agarra la mano y… No hay más, solo oscuridad y luego estoy aquí, encerrado.

Durante el proceso de revelación, Paúl, trastornado, no dejaba de mirar el cadáver. No comprendía nada. Levantó la vista de nuevo hacia el cristal y el tumulto había desaparecido. Solo una persona permanecía quieta mirando el cadáver. En un último intento por llamar su atención se lanzó, con un grito violento y los puños llenos de furia, contra la ventana, se puso frente a él. Frente a si mismo.

Horrorizado, retrocedió un par de pasos. Su propia persona estaba al otro lado del cristal, mirando el cuerpo que yacía. Entonces ocurrió, levantó la mirada del ataúd y sus ojos quedaron fijados a los de Paúl. Sonrió. No una sonrisa de alegría, o de agradecimiento, o de simple simpatía. No. Era una mueca siniestra, de las que dicen “yo gano y tú no”. De aquellas que te quedas odiando para siempre.

Dio media vuelta y se marchó cojeando, no sin antes soltar una tétrica carcajada.

Paúl lo maldijo e intentó salir rápidamente por la puerta, pero de nuevo algo volvía a tirar de cada instante de su ser, hacía el féretro, hacía la muerte de otro que le había tocado vivir… A la llamada de la carne.

 

 

 

 

 

 

 

Anónimo (#relatosdeverano-Zenda)

Como cada mañana de ese verano, ese hombre cruzaba el parque Nicolás Salmerón en dirección a la playa de San Miguel. Caminaba con dificultad, arrastrando a duras penas la mitad de su cuerpo debido a una hemiplegia en el lado derecho, secuela de un derrame cerebral.

De su hombro colgaba una mochila barata que contenia una toalla, una botella de agua y un bocadillo de sobrasada. De su alma, una infancia interrumpida por una madrastra de cuento, una juventud de trabajos de adulto y una adultez lastrada por las etapas anteriores. Como consecuencia, se despojó de todo ser vivo quedando acompañado de una terrible y silenciosa soledad. Una gorra amarilla, con la publicidad de una empresa de pintura, cubría su maltrecha cabeza, ensombreciendo la visión angulosa que tenía al respecto de la vida. No distinguía formas redondeadas.

Como cada mañana de ese verano, ese hombre extendía su toalla sobre la arena, para tumbarse y sufrir los latigazos que un implacable sol de agosto proyectaba sobre cualquiera que se atreviese a poner un pie en sus dominios. Una penitencia que cumplía sin alegato de defensa.

No hablaba con nadie y nadie hablaba con él. Su apariencia invitaba al miedo, la desconfianza y la locura. No se equivocaban.

Con su habla extraviada por la enfermedad, invocaba a la comunión de demónios y vírgenes, de santos y dioses. Maldecía todo aquello que lo molestaba, cualquier cosa que esquivara su comprensión, y al él mismo. Desde la enfermedad, se habia convertido en su peor enemigo.

Como cada mañana de ese verano, ese hombre oteaba el horizonte, dejándose transportar en el Ferry de turno que se dirigía a puerto. Le emocionaba ver cómo la roda del barco partía la mar y vomitaba sobre la playa pequeñas olas, bravías e inesperadas, sobre los despistados bañitas que reposaban en la orilla.

Repasaba los viajes de antaño, donde conoció otras culturas, otras gentes y otras tierras. Añoraba la libertad que otorgaba un mercante en alta mar, las comidas entre la tripulación y los juegos de azar de camarote…todos aquellos puertos y todas aquellas mujeres.

Esa mañana, como en ninguna de las anteriores, ese hombre vio que algo caía del ferry al mar.

El punto en la lejanía salpicaba agua en forma de nado y, poco a poco, se fue haciendo persona y la persona, grito.

-¡Es un moro! exclamó un niño, dando la voz de alarma.

El rumor se fue extendiendo con el soplo de levante, y de las sombrillas, como si fuesen caparazones de tortugas, asomaron cabezas, viseras en mano, al unísono.

Los más curiosos se acercaron hasta donde les cubría los tobillos y desde allí contemplaron, como cuando veian las noticias en el salón de sus casas, la ya lamentable, travesía del nadador.

Ante el inmovilismo general, medio hombre arrastrando a su otro medio, besó con sus pies la orilla, bautizó sus hombros con su mano más útil y se lanzó al mar.

Imbuido por la voluntad del viejo marino que fue, con la alerta de “hombre al agua” del serviola en sus oidos, apartaba el encrespado mar a empellones, con la proa puesta hacia el medioahogado.

A pocos metros de su objetivo, vió que era un chico joven, de unos dieciseis años, con el gesto del muerto en el rostro y un gorgorito de auxilio en la boca.

El chico se aferró a ese hombre, como se aferran los mártires de guerra antes de ser fusilados a los pies de sus verdugos, provocando que ambos se hundieran sin remedio. Éste, viendo que la situación era crítica, se zafó como pudo del abrazo mortal de desesperación que lo atenazaba y propinó un puñetazo sobre la cara del muchacho que, exhausto y sin energía, cayó en un estado de semiinconsciencia suficiente como para poder ser arrastrado sin oposición.

Ese hombre, apartando de nuevo el mar con violencia y arrastrando de los pelos al muchacho, con la precaución de que su cara estuviese el mayor tiempo posible fuera del agua, se dirigió de nuevo hacia la costa. Cuando sus pies sintieron la arena del fondo, quedaban apenas cuatro metros para llegar a la orilla. Algunos jovenes, despojados de su perplejidad, se acercaron a ellos para ayudarlos.

A duras penas, sin resuello y escupiendo agua, el hombre se abrió paso entre la gente de cabeza cuadrada que lo miraban incrédulos, hasta llegar a su toalla. La tomó, secó su cuerpo y se vistió.

Antes de marchar, volvió la vista hacía donde el chico marroquí estaba siendo atendido y vio que entre esa amalgama de figuras geométricas no había ninguna redondez. Así veía el mundo.

Cómo cada mañana de ese verano, medio hombre regresaba por el parque a su casa, con su mochila y sus pecados sobre los hombros, arrastrándo su otra mitad, algo más cansado de lo habitual…

Noticias del dia siguiente: “Ayer por la mañana, en la playa de San Miguel, un grupo de bañistas salvaron de morir ahogado a un joven inmigrante ilegal, de origen marroquí”.

La espera.

El accidente fue terrible. Un exceso de velocidad, unido a una curva con poca visibilidad, dieron como resultado una pérdida de control. El coche atravesó el carril contrario, derrapando en el arcén y clavando el morro en la cuneta abarquillada, provocando varias vueltas de campana, hasta quedar inmóvil en una pequeña explanada cercana.

Cuando Rodrigo frenó, la sensación de terror atenazó su estómago y tensó cada uno de sus músculos en milésimas de segundo. Todo dentro del coche pasaba vertiginosamente y de manera violenta. Desde su mente despierta, gritaba angustiado- Por favor, que pare ya, que pare ya-… pero no paraba. Con un brazo intentaba sujetar a Candela, su mujer, y con el otro, estirarlo hacía atrás en busca de Matías, su hijo de 7 años. Era imposible, los fuertes  movimientos del coche los lanzaban de un lado a otro, como los títeres de un teatrillo de barrio. Golpes de plásticos y chapas arrugándose saturaban sus oídos, impidiéndoles oír sus propios gritos, cientos de cristales cruzaban entre ellos de un lado a otro, arañándoles la piel.

La calma llegó. Inmediatamente después, la desorientación, el desconcierto y el miedo.

Rodrigo, con un fuerte dolor en la zona del esternón, intentó salir por la puerta que estaba bloqueada por las abolladuras, tuvo que hacerlo por la ventana, dejándose caer al suelo de golpe. Al mal del pecho, se le unió una severa contusión en las cervicales y un profuso sangrado nasal.

Así, malherido, conmocionado y asustado, intentó levantarse con mucho esfuerzo. De pronto, como si un balazo atravesase su cabeza, cayó en la cuenta del resto de ocupantes.

-¡Candela! ¡Matias!

Tambaleándose, se acercó al coche presintiendo lo peor.

Cuando miró dentro, el paisaje era desolador. El habitáculo estaba deformado, el equipaje disperso entre los sillones rotos, el salpicadero destrozado y la parte delantera del techo hundida. Vio a Candela, semiaplastada por su airbag, inmóvil y con signos de cortes en cara y brazos. Giró, lentamente y con mucho dolor, el cuello hacia la silla de Matías. Estaba vacía. No había rastro de él. El pánico le arrebató la cordura y, obviando el sufrimiento de su cuerpo , se dirigió a la puerta trasera, donde comprobó que solo había cristales rotos y una sillita de auto tumbada.

De su boca sanguinolenta, surgieron entonces tormentosos hilos de desesperación.- ¡Matias! ¡Hijo! ¿Dónde estás?…

Los gritos del silencio, le devolvieron el sonido de la desesperanza: nada.

Volviendo sobre si mismo, miró a su alrededor. Buscaba cualquier resquicio de su hijo. Debido al estado de shock, no lograba mantener la precisión suficiente como para fijar correctamente la vista. Era como disparar ráfagas con una cámara fotográfica e intentar captar algún detalle de cada una de las instantáneas.

Durante la búsqueda, algunas lamentaciones y quejidos de Candela le dieron la única buena noticia hasta entonces.

-¡Candela…! ¡Matias…yo…no lo encuentro!

Exhausto, Rodrigo, se apoyó en el capó destrozado del coche e intentó coger una amplia bocanada de aire. El dolor del pecho se le agudizó. Levantó la vista sobre la carretera y pudo distinguir lo que parecía la camiseta rayada de Matías, que días antes habían comprado en un supermercado.

Haciendo acopio de fuerzas, se arrastró como pudo hacia allí. Mientras se iba acercando, la imagen dantesca que se abría ante él desbocó sus pulsaciones, más aún de lo que ya estaban.

En medio de la carretera, se encontraba Matías, en una posición grotesca y antinatural, haciéndole pensar en lo peor. Cuando llegó a su altura, con los ojos ahogados en un tormento, lo tomó en brazos y, desde los más profundo de su primitivo ser, desgarró su garganta a gritos.

Instantes después, sin fuerzas, cayó de rodillas, y vio como, poco a poco, la tierra perdía su horizontalidad hasta golpearle sobre la cara, decolorando el paisaje hasta volverlo negro.

 

 

Bip…bip…bip…

Un martilleante, acompasado y débil sonido dibujaba la esperanza de una vida sobre un monitor.

Rodrigo sostenía la mirada sobre la cama donde estaba su hijo. Era la mirada de un hombre que quiere ver más allá de lo que mira, como si todo un horizonte infinito se plasmara sobre aquella pequeña habitación.

Mientras tanto, Matías, permanecía quieto, con el cuerpecillo invadido de cables y tubos. Como la representación macabra de Gulliver atrapado en la ínsula de Lilliput por sus diminutos habitantes.

Lo recordaba tan lleno de vida, que no parecía su hijo, no quería que fuese él. Lo deseaba con todo su ser, pero la realidad era implacable y se lo recordaba a cada bip.

El tiempo no transcurría para Rodrigo, sólo la habitación cambiaba la posición de sus luces y sombras, una y otra vez.

La puerta, se abría y cerraba, y de ella, entraban y salían jóvenes enfermeros que trataban a Matías con exquisito cuidado. Calibraban los aparatos, los medicamentos, cambiaban las sábanas y lo lavaban. Todos siempre tenían un segundo para dedicarle un gesto cariñoso, una caricia o un beso.

Conmovido por las atenciones, Rodrigo, entre lágrimas, siempre les devolvía algún gesto de agradecimiento.

Los dias transcurrieron cual movimiento de un tiovivo. Ciclicamente pasaban ante sus ojos las mismas figuras haciendo lo mismo que la vuelta anterior. En el décimo, el padre, con las manos tapando su cara, desolado sobre un sillón, sintió como lo rodeaba un fuerte abrazo.

-¡Papá! ¡Papá! -gritó Matías, abalanzándose sobre su padre.

-¡Hijo!¡Hijo! -sollozaba emocionado Rodrigo, a la vez que hundía sobre si mismo al niño.

Padre e hijo, permanecían abrazados, llorando. Sosteniendo cada uno la existencia del otro. Mientras, el silencio, parecía sonar melódico ante el encuentro.

Matias, aflojando sus pequeños brazos, preguntó:

– ¿Quién es ese?.

-Eres tú, cariño.- contestó Rodrigo dulcemente, intentando recomponerse.

-¿Yooo..? entonces… estoy… ¿muerto?-preguntó entre curioso y extrañado, sin dejar de señalar la cama.

-Si, cielo, llevo días vigilándote, esperando, por si finalmente pasaba esto. No quería… que te encontraras solo.

-¿Qué haremos?-volvió a preguntar.

-No lo sé.- respondió tranquilo Rodrigo, mientras miraba a su alrededor.

-Papá, ¿sabes?. No tengo miedo.- susurró Matias, agarrando con fuerza la mano de su padre.

-Hijo, ahora, yo tampoco.

 

 

Sueños de fútbol (#historiasdefútbol – Zenda)

Mi vida, allí, empezaba a rodar con un:

-¿Pares o nones? – preguntaba desafiante Pedro, con una pelota de cuero bajo el brazo.

-Yoooo, ¡pares! – contestaba Luis recogiendo el guante.

-Vale, pues entonces…¡Yo nones!. Unoooo, dooos…¡Trees!

Los dos niños, con los brazos a la espalda, miraban el hueco que posteriormente ocuparían las manos, intentando adivinar cual sería el número de dedos que el otro iba a sacar, para que, sumados con los suyos, diese el resultado que esperaba.

Mientras se producía esta batalla psicológica, algunos permanecían atentos al envite, y otros corrían conmigo, hipnotizados por la atracción esférica que ejercía sobre ellos.

-Tres más dos, cinco, más uno ¡seis!- contaba triunfante Luis.

Primera victoria.

A continuación, comenzaba la elección de los equipos, la cruda realidad. Era la situación en la que cada uno conocía el lugar que ocupaba en el fútbol.

Luis, optaba por tener un equipo fuerte y rápido.

– Elijo al Salva.- dijo, señalándolo con el dedo.

Pedro, con media familia integrando la pandilla, se hacía fuerte confiando en los suyos.

– Elijo a mi hermano Antonio Jesús.-contestó, agarrando a este por el cuello.

-Al Antoñico.-replicó rápidamente Luis, como si alguien se le fuese a adelantar.

El resto de niños, nerviosos, gritaban con miradas cautelosas a los capitanes. Algunos, vencidos por la tensión, se señalaban el pecho con la mano al grito de: -¡¡A mí, a mí…!! a sabiendas de que no era su momento.

El grueso de los equipos cayó en cascada, con la percepción de que los capitanes habían hecho sus cábalas cual partida de ajedrez, adelantándose a la jugada del contrario, pulsando rápidamente el temporizador para generar la duda necesaria que hiciera que el contrario cometiese un error.

– A mi primo Pedrillo.

– Al Juan “el caballa”.

– A mi primo Miguelito.

– A Juan “el rubio”.

– A mi primo Jose María.

– Al Emilio, el hermano de Antonio.

Con los equipos hechos, tocaba hacer el campo.

La lonja del pescado cercana al barrio, era el lugar donde solían jugar. En una calle amplia, al aire libre, sin coches, con un asfalto quemado por el Sol, de olores entremezclados, característicos del lugar: mar, gasoil, pescado fresco y no tan fresco, aire caliente y de madera recién pintada de los barcos que permanecían varados en el muelle colindante. Esa mezcla era de las que perduran para siempre en la memoria, de las que se imprimen a fuego, y que cuando la hueles de nuevo, estés donde estés, vuelve a trasladarte a aquél sitio y a aquella época.

– ¡¡Las porterías!! ¡¡Hay que hacer las porterías!! – exclamaba Antonio Jesús, seguido de: -¡¡Hay que contar nueve pasos!!

– ¡¡Las aceras son las fueras!! ¡¡Si toca las aceras es fuera de banda!!- advertía Salva con voz chillona.

En la portería, a no ser que hubiese alguna vocación temprana, los chicos se turnaban a cada gol que encajaban. Esa era la regla. El resto, instintivamente, se colocaban en la posición del campo donde sus habilidades eran más útiles y sus torpezas menos notorias. Como siempre, los más diestros en posiciones avanzadas y los menos, en la defensa.

Con la conciencia como árbitro y el balón al cielo de un pelotazo, comenzaba el partido.

No había tácticas, la anarquía más absoluta y bella, se apoderaba del juego. Todos querían el balón y cuando lo tenían no querían devolverlo. Buscaban con afán el mejor regate, el mejor gol, la mejor jugada…

– ¡¡Alto!! ¡¡Parad la pelota que viene un coche!! – avisaba haciendo aspavientos Juan el rubio.

Los niños permanecían inmóviles, viendo cruzar con parsimonia la furgoneta de un pescador rezagado, por el medio del campo.

– ¡¡Vamos hombre, que nos enfriamos!! gritaban algunos.

El conductor, con una sonrisa pícara dibujada en su cara, hacía oídos sordos a las quejas y seguía la trayectoria a la misma velocidad. En cuanto terminaba de pasar se reanudaba el partido inmediatamente, sin más dilación.

-La llevaba yo- pregonaba Antonio. Y el juego continuaba desde la posición exacta que tenía cada uno antes de la interrupción. Si no, no se empezaba.

Goles de todas las facturas se sucedían en ambos lados, caños, vaselinas, paredes. Faltas medidas con la amistad, con la mano tendida al caído y el abrazo del perdón al hacedor.

Goles y no goles polémicos, donde porterías imaginarias se dibujaban partiendo de dos montones de camisetas apiladas, cuyos largueros dependían de las tallas de los porteros de turno. La persistencia de cada uno y las ganas de seguir jugando eran juez y parte necesarias para resolver los desencuentros.

El Sol caía y el tiempo se acababa. Con las suelas de los tenis ardiendo, apuraban los últimos instantes de luz para lograr la remontada épica o acabar definitivamente con el rival. Entonces, llegaba el ultimátum. Aquello que la FIFA, en un alarde de “ingenio” inventó muchos años después: – ¡¡Última jugada, el que meta gana!! -proclamaba Pedro a los cuatro vientos.

Los músculos cansados de los niños se tensaban de nuevo, los que estaban fueran del partido volvían a meterse y todos, absolutamente todos, luchaban por la pelota como si fuese la última cosa iban a hacer en sus vidas.

Un último gol que borraba todo lo anterior, un gol que daba la gloria. Un gol de los que dejaban restos de sueños por la noche…

Añoro esos tiempos, los echo de menos…

Ahora los vuelvo a reunir, treinta años después, con sus barrigas prominentes, con botas de marca, con las camisetas de sus equipos favoritos, en campos de césped artificial y de olores neutros…

Les arrebato sus problemas, sus tensiones, sus desamores, las hipotecas, los trabajos… Y los vuelvo a desnudar con un balón, como cuando niños, y los suelto en el campo y veo en sus ojos el brillo que les contagie antaño, mientras corren…Porque soy fútbol.

 

 

 

 

 

 

Déjame que te cuente…

Durante mi infancia jamás dejé de creer. Imaginaba mi vida como la de un superhéroe, siendo protagonista de sueños dirigidos, fascinaciones diurnas e intemporales pensamientos en vacío.

Creaba escenarios imposibles, lejos de las leyes de los hombres, de la Naturaleza…

Criaturas inverosímiles viajaban a mi lado, surcando océanos inexplorados, conquistando reinos sin corona y anexionando territorios inhóspitos.

Mi cuerpo, apéndice inútil de mis fantasías, villano de lo etéreo, se empeñaba en traerme de vuelta. No perdía un instante para evocarme un regusto amargo, una melodía desafinada, un hedor putrefacto o una visión palpable de la cruda realidad.

La lucha era descarnada, lo real contra lo imaginario, lo terrenal contra lo místico.

Armado hasta los dientes, con un compendio de Verne, Blyton, Dumas, Salgari, Stevenson y Twain me apropiaba del tiempo, tal y como lo conocemos. Reescribía su linealidad hasta convertirlo en un ente inestable y superfluo. Me sentía invencible.

Luego llegaron ellos, los adultos. Con sus deberes y obligaciones, con sus mandamientos e imposiciones.

Robándome el tiempo de las manos, arrojándolo de golpe contra mí.

Derrumbaron todo lo construido, despojaron a reyes mágicos de sus coronas, exterminaron ratones ladrones de dientes y se atrevieron a decir que siempre fueron ellos. Malditos.

Fui quemado en la vanidosa hoguera de lo real, de lo mundano, del repugnante amanecer de cada día.

Pasé largos años de exilio; sometido a ruidos de claxon, montañas de informes sin revisar, conversaciones vacías y relaciones engañosas entre personajes de mi misma especie.

El tiempo, antaño sometido, manejaba mis actos. Era su esclavo y siempre procuraba mantenerme alejado de hechos no planificados.

La química truncaba mis sueños, los difuminaba hasta convertirlos en escenas inacabadas e inconexas.

Desde entonces, mi vida, era la de un ser inerte e insustancial…

Hoy, chorreras de sangre se escapan de entre mis dedos mientras escribo estas palabras, con la savia de mis entrañas, en el suelo.

Estoy muy mal, terriblemente mal. Siento frío.

Con la espalda apoyada sobre una roca me esfuerzo por aclarar la noche. Es inútil, no veo más allá del rugir de las olas.

Sirenas atronan en mis oídos, parecen venir de todas direcciones. Una tos sanguinolenta frustra mi llamada de auxilio. El gusto metálico contrae mi garganta.

El boicot a mi plan diario me ha llevado al lugar incorrecto en el momento menos apropiado. Una pelea entre bandas, una bala perdida…y, mi vida, yéndose a borbotones.

No quiero irme sin volver a soñar, sin entrar en ese éxtasis de fascinación que me transportaba en mi niñez.

Necesito más tiempo y menos dolor. Quiero convertirme en Sherezade y prolongar mi vida más allá de mil noches. Me arrancaría la piel de adulto y volvería a ser niño. Nunca más dejaría de serlo. Nunca jamás.

La oscuridad invade mis ojos, no veo. La piel repele el frío, no siento. Las sirenas vuelven al mar, en silencio, no oigo. La sangre se seca, no tiene sabor, ni olor…muero.

Solo quedo yo, soñando, como cuando niño, pronunciando esas maravillosas palabras mágicas: “Érase una vez…”