Historia de un canalla – para Zenda #historiasdelibros

-Todo esto te daré -dijo Lolita, mostrándome su desnudez.

Con la elegancia de un erizo me acerqué a ella y la abracé. Su calor derritió la piel fría como fuego en el hielo y entre gozos y sombras nos amamos. No era una historia de amor como otra cualquiera.

Empezó como el sueño de una noche de verano. Entre la soledad de los números primos, encontré unos ojos de fuego que puso mi mundo patas arriba. Sabía que no debía ser el amante que, con su edad prohibida, la elevara a tres metros sobre el cielo pero, cuando te das cuenta que tu segunda vida empieza cuando descubres que solo tienes una, no lo dudé.

Deseé ser el hombre duplicado que tuviese una vida y destino para cada copia. Uno estaría siempre con ella, en un mundo sin fin, donde el final del infinito no existiera. El otro, con el lápiz del carpintero apoyado en su oreja, seguiría en el mundo de Sofía, su mujer. Cada mañana, se levantaría, con el traje del muerto, para seguir trabajando en la tabla de Flandes que reposaba en el altar de la catedral del mar.

– ¿Me quieres, Falcó?

– Por ti daría la vuelta al mundo en ochenta días, viajaría al centro de la Tierra para arrancar sus pilares y recorrería veinte mil leguas de viaje submarino. Sería el guardián invisible que te protegería de la conjura de los necios que quisieran hacer de nuestro amor un crimen y castigo.

El ocho gritó alarmado en el móvil de Lolita. Hacía rato que el amanecer había despuntado y comenzamos a vestirnos. Lentamente. Me gustaba recorrer, punto por punto, su atlas de geografía humana. Mientras terminaba de colocarse su uniforme me di cuenta de lo bonitos que eran sus zapatos de caramelo.

-No se lo digas a nadie, por favor -le supliqué.

-Sabes que me van a preguntar y no tengo excusa que ofrecerles.

-Entonces, esto es la crónica de una muerte anunciada. Eres la hija del caníbal. Él no me lo perdonará. Ángeles y demonios mandará tras de mí.

-Hablaré con mi padre, le diré que esto han sido travesuras de una niña mala.

-No, si hubiera un mañana no quiero que piensen que esto solo han sido juegos de la edad tardía. Intentaré huir a los mares del sur o perderme en el laberinto de la aceitunas o cualquier lugar donde no puedan encontrarme.

Salimos del hotel Paradiso con la certeza de que me esperarían cien años de soledad. Antes de separarnos se giró hacía a mí y me dijo:

-Dime quién soy.

-Eres el reglón torcido de Dios, como yo -contesté.

 

 

 

 

 

 

El hundimiento

-¿Cómo? ¡No lo entiendo, capitán! -vociferaba el suboficial.
El ruido era ensordecedor, la cubierta chirriaba, la gente gritaba despavorida mientras iban de un lado para otro y los musicos seguian tocando.
El capitán no paraba de gritar.
-¡No le oigo, Capitan! ¡Su bote está demasiado lejos del barco!
Haciendo un sobreesfuerzo humano, el capitán bramó:
-¡Las mujeres y los niños primero!

Carta de amor ganadora “I certamen de cartas de amor de Huércal de Almería”

“Cada lunes, cuando amanece, me quedo mirando el hueco que dejas, imaginando que estás allí, flotando, en mi duermevela. Acaricio suave, con la yema de los dedos, tus sábanas marcadas, dibujando tu silueta con mi recuerdo.

Cada martes, en las luces primeras, me desespero con tu pérdida, como si no fuese a verte más, abandonando mi tacto hambriento y a mis labios sedientos.

Cada miércoles te encuentro entre los efluvios mañaneros. Lloro por lo efímera que será tu presencia y sostengo la inspiración guardándote dentro, para después privarme, con un suspiro,  de tu encierro.

Cada jueves despierto alentado de amanecer en el día equivocado, pero sigo sin hallarte al completo. La soledad hace preso mi desconsuelo, y juguetona, hace eco de mis llamadas devolviendome solo lamentos.

Cada viernes tempranero me rebelo, y evito girarme para no sentirme engañado, que si no veo no siento,y si no siento no muero. Y si no muero, te tengo en otro momento…

Cada sábado, en la mañana, es la esperanza la que me gira buscando el despertar de tus ojos enamorados, que al no recibir tu encuentro, vuelve a girarme, derrotado.

Cada domingo… ¡Ay, el domingo! En el domingo tu abrazo sigue tierno, tu fiebre reposa mis huesos y tu respiración sopla mis desvelos. Ya no hay soledad, no ha miedo, ni llantos, ni silencio, estás tú, solo tú, morando sobre mi piel, dándole a mi vida el verso, desvaneciendo de la memoria el sufrimiento. Dándome entereza para soportar más despertares, con tus restos.”

La primera vez (#historiasdesuperación para el concurso de Zendalibros e Iberdrola)

Dentro del coche suena “A real hero”, de College y Electric Youth <<…A real human being, and a real hero, real human being, and a real hero…>>, mi hija me lo ha grabado en una memoria usb, junto con algunas otras canciones. Ha sido después de decirme que soy su súper heroína, que cuando sea mayor quiere ser una mujer tan valiente como yo. ¡Que soy Wonder Woman! Tiene apenas trece años. Hemos terminado abrazadas y llorando de felicidad. Somos libres.

A las nueve de la mañana la desperté con un gran desayuno en la cama -¡El desayuno real para la princesa Elena!- entré gritando en la habitación. Apenas podía sostener la bandeja con galletas, bollos y un par de vasos de leche. ¡Cómo nos divertimos dándonos de comer la una a la otra con los ojos cerrados!. Ya no había miedo. 

En el baño, mientras estaba frente al espejo, recorrí minuciosamente cada centímetro de su piel blanquecina buscando las huellas del horror. Algunas cicatrices, grabadas en la memoria de su piel, me recordaron que algún día tendría que envolverlas con un dibujo bonito, convertiría su presencia en nuestro olvido.

Levantó sus pechos con las manos, yo metí su barriga con las mías y sujetó las arrugas de su cara en un beso eterno, así le robamos al tiempo lo que él le robó primero. Estaba tan graciosamente ridícula, con la caricatura del reflejo, que explotamos en unas sonoras carcajadas, dejando de nuevo su cuerpo en manos de la gravedad. Cogidas de la mano, nuestras miradas se cruzaron a través del espejo.

En su armario todo era nuevo. Un arco iris brillaba entre pantalones, faldas, blusas y algunos suéteres. Sobre la cama jugueteé combinando su ropa: unas faldas vaqueras con una camiseta estampada fue la elección final. Me encantaba poder ayudarle a tener estilo propio. Cerré los ojos y agudicé el oído en busca de la reprimenda o el insulto continuado por su forma de vestir. Entre esas paredes no rebotarían más voces que las nuestras.

Estando parada en un semáforo ha empezado a sonar “Big girl (you are Beautiful)” de Mika. Me he vuelto loca cantando y moviendo la cabeza de un lado para otro.<<…with the girls around and curves in all the right places, big girls you are beautiful, big girls you are beautiful…>> En uno de los giros, mi mirada se ha detenido en la del conductor de al lado, éste me ha devuelto un pulgar hacía arriba, yo le he regalado un beso, él me ha soplado otro. Colorada como un tomate y emocionada como una quinceañera en su primera cita, hemos separado nuestros caminos tras el verde aguafiestas que nos daba paso.

-¡Loca, loca, que estás loca! – me he dicho entre risas.

Al entrar en el coche, por la puerta del piloto, me he sentido rara, parecía que le estaba quitando el sitio. Hace tiempo decidí no volver a conducir, no soportaba tenerlo a mi lado insultándome. De sus “Torpe, inútil, imbécil…”, he pasado a mis  “venga, tu puedes”, “lo estás haciendo bien”, “no pasa nada”. Hoy soy el grumete, timonel y capitán de mi barco, con la mayor henchida por el viento, navegando por océanos urbanitas con la valentía renovada.

Fue emocionante salir de tiendas con ella para elegir un vestido de fiesta. No recuerdo la última vez que se compró algo tan caro. Al final elegimos uno rojo, precioso. -Mamá, estás guapísima, pareces una artista- le dije. ¿Qué sabrás tú, mocosa?-me contestó ella, mientras pegaba mi cabeza contra su pecho. Al ver su nombre en la tarjeta de crédito se emocionó. Nunca había tenido una.

Para nosotras el tiempo dejó de existir, no teníamos prisa por volver a ningún lugar, no era tarde para todo, ni pronto para nada. Con el reloj olvidado en la mesita de noche, ya nadie movía su segundero. Ya nadie manejaba sus disturbios, ni mis desvelos. Caminaba firme, sin temores ni temblores, dando altura al suelo y poniendo color al gris de su mirada.

-¡Que tengas suerte Wonder Woman! – le grité cuando me dejó en casa de la tía Rosa. Tenía cena con los compañeros de trabajo y ante la insistencia de todos decidió asistir. En cinco años de trabajo nunca tuvo la posibilidad de ir. La tiranía de los celos la hizo ajena al mundo exterior, solo la crisis le obligó a dejarle buscar un trabajo que aportara lo que él no era capaz.

Cerca del restaurante, arranca a sonar “Ella” de Bebe, a medida que la canción avanza mis ojos se humedecen y me dejo llevar…<<…hoy vas a descubrir que el mundo es solo para ti, que nadie puede hacerte daño, nadie puede hacerte daño…>> Mi cara se inunda de felicidad contenida. Un lloro incontrolable me obliga a parar. Lo he conseguido, mi alma viaja ligera, sin contrapesos, sin cicatrices, sin rencor. Con la mirada puesta al futuro, viviendo el presente y cerrando el pasado.

El día que llamé solicitando ayuda, me juré que sería el último de tantos y el primero de muchos. Desde ese día, todas las cosas las viviría como la primera vez, de todas mis primeras veces.

Vuelvo a arrancar y sigue sonando la canción mientras me dirijo a la cena.

<<…hoy vas a conseguir reírte hasta de ti y ver que los has lograooooo…>>