Toc, toc, toc (#NuestrosMayores para concurso de Zenda e Iberdrola)

Photo by Valentina Degiorgis from FreeImages

 

Los tres golpes empezaron a escucharse a partir de la primera semana de confinamiento.

A pesar de la gradual pérdida de oído por el paso de los años, Matías, los escuchó sin problema. Provenían de su dormitorio: secos y acompasados. Con un breve retardo entre el primero y los dos últimos. Siempre justo antes de acostarse.

Al principio, le produjo curiosidad, pegaba la oreja en la pared de donde creía que sonaban los golpes pero no se escuchaba nada. Todo era silencio. En cuanto se alejaba ¡toc, toc, toc!, y entonces volvía la vista hacía a su alrededor como si buscara algo. Luego se metía en la cama e intentaba recordar la  distribución del piso que lindaba con el suyo, así como de las posibles tuberías u otras instalaciones que podrían cruzar por ahí. Terminó llegando a la conclusión de que, su dormitorio, compartía pared con el de su vecina Luisa.  Una antigua compañera de colegio que había enviudado hacía tiempo y con la que tenía una relación casi  inexistente. Era el rédito de haberse convertido en un ser solitario y huraño. El distanciamiento social provocado por el virus era algo que él había perfeccionado muy bien con el paso del tiempo.

Una noche, mientras dormitaba en el sofá, viendo su programa favorito, se sobresaltó creyendo haber escuchado los golpes. Quedó sentado unos minutos en el sillón intentando discernir si el sonido provenía de una pared de ladrillo o de algún hueso de su estúpida calavera. Malhumorado y maldiciendo entre dientes apagó la televisión y arrastró sus zapatillas al dormitorio, a la vez que se desataba con rabia el batín. Se quedó unos minutos,  a los pies de su cama, con la mirada fija en el tabique donde estaba clavado el cabecero, pero no ocurrió nada. Se metió en la cama convencido de haber logrado una victoria, apagó la luz de la mesita de noche e hizo lo propio con sus ojos. 

¡Toc, toc, toc!

—¡Ya está bien! —gruñó, levantándose con la presteza que sus ochenta veranos podían permitirle—. Se puso frente a su enemigo y dio dos golpes duros y rápidos. Estaba dispuesto a echar los ladrillos abajo si hacía falta. Quedó esperando una contrarréplica, con el ánimo alterado y la respiración acelerada, pero no pasó nada. 

Esa noche se durmió pensando que los moratones que le aparecerían en la mano, a la mañana siguiente, estaban tan bien invertidos como las heridas de guerra. Aunque, en realidad, creyera que las otras, las que de verdad habían dejado su cuerpo marcado por el horror, no sirvieron para nada.

A las seis de la mañana, Matías calentaba un vaso de leche en el microondas, con los ojos fijos en el cristal del aparato, parecía querer ayudarlo. Tenía la mano dolorida a pesar de haberse colocado una bolsa de guisantes sobre ella. 

La radio volvía a dar, un día más, noticias trágicas. Agradecía seguir pudiendo valerse por sí mismo y no estar en una de esas residencias donde, con el ir y venir silencioso de la guadaña, se estaba haciendo el trabajo que no pudieron completar antes, las banderas y el hambre.

Las punzadas de dolor lo sacaron de su mirada turbia y le trajeron la escena de la noche anterior. Intentó justificar su reacción en un debate desigual donde no terminaba de ponerse de acuerdo consigo mismo. Terminó perdiendo la soberbia.

Por la tarde, en la hora del agradecimiento a los sanitarios, cuando se asomó por la ventana a aplaudir, giró su cabeza buscando encontrar a Luisa. Allí no había nadie. En realidad, no recordaba haber mirado hacia allí durante el encierro, y lo que era aún peor, tampoco la última vez que la había visto antes de que el gobierno decidiera decretar el estado de alarma  como medida de prevención de contagio del virus. No dejó de mirar hacía la ventana de su vecina durante el aplauso. Incluso pensó en alguna frase para romper el hielo, si aparecía, pero fue para nada.

Volvió al interior de su piso, incómodo, como cuando salía a la calle y creía que algo se le había olvidado.

La cena fue poco sustanciosa, apenas tenía hambre y todo su pensamiento estaba centrado en el momento de irse a la cama. Llevó su plato a la cocina y cuando lo depositó en el fregadero con la intención de lavarlo, no lo hizo. Lo dejó ahí, rompiendo la tradición de una férrea disciplina militar que día tras día había ido cultivando.

Se aseó lo suficiente como para encontrarse cómodo y entró en su dormitorio de manera ruidosa, procurando que se notara su presencia más allá de sus dominios. Apagó la luz y se sentó en la cama a esperar.

Nunca le había dado miedo la oscuridad pero, aquella noche, no se sentía tranquilo. Le aparecieron inesperados picores por la espalda y furtivas corrientes de aire que bailaban su menguado flequillo. La parte más oculta de su memoria le mostró imágenes de trincheras, muertes y sangre, todo narrado con la voz de su homónimo y añorado Matías Prats, mezclado con el boletín de muertos por la pandemia. Imágenes intercaladas de pasado y presente augurando un futuro incierto.

Encendió la luz. Estaba sudando, frente a la pared. No sabía cuándo se había levantado de la cama, no lograba recordarlo. Casi sin pensarlo golpeó la pared tres veces. Muy rápido, casi solapando un golpe con otro. No se escuchó nada. Permaneció algunos minutos más de pie, hasta que perdió esperanza alguna de conseguir una respuesta.

Volvió a apagar la luz y se metió en la cama. Apoyó su cabeza en la almohada y dejó ir su consciencia con el deseo de dormir rápido.

¡Toc, toc, toc!

En el negro de la oscuridad que perfilaban los contornos de los enseres de la habitación, se pudo ver una sonrisa dibujada en la cara de Matías, soñando que, los próximos tres golpes, los daría en la puerta de Luisa a la mañana siguiente.