Sacrificio – #Heroínas Para el concurso de Zendalibros & Iberdrola

Una nueva guerra había comenzado. La reina no sabía cuántas llevaba, sólo contaba las cicatrices que rompían la continuidad de su piel morena y que le evocaban  todas y cada una de las derrotas asumidas. Odiaba permanecer en la retaguardia a la espera de ser reclamada para la lucha. Siempre llegaba tarde y por más devastación y muerte que infringiera a su paso, no encontraba ya gloria en la matanza si en uno y mil lances tenía que ver morir al rey, su amado rey.

Esta vez, no era diferente a las demás y contemplaba con claridad la acumulación de errores en el posicionamiento de sus tropas sobre el campo de batalla. A pesar de comenzar con una temible defensa siciliana, las tropas del rey Marfil la habían contrarrestado espoleando a la caballería, a posiciones avanzadas.

No estaba dispuesta a ver morir a su rey, de nuevo. Contemplaba con ojos ávidos los movimientos de unos y otros, se resistía a permanecer anclada en su escaque negro. Y lo vió, el error blanco, ese que podía dar un vuelco a todo. 

Un grito furioso salió de su garganta para luego ordenar que todos desoyeran el mandato de los dioses. Los maldijo por guiar sus designios y estrategias militares a lo largo del tiempo. Era el momento de elegir el destino de cada uno. 

¡Mama Sumé!

El rey negro, atónito ante aquel desafío, ordenó que la partida continuara conforme a los dictámenes del cielo. Nadie se movía. Era tal la fuerza, el sentimiento de poder que había esgrimido la reina con su rugido, que nadie se atrevió a moverse.

Ella, asumiendo su deber, reclamó para sí misma el siguiente movimiento. El rey, encerrado por su propia defensa, no pudo arrebatárselo.

 

La reina ajustó su armadura, agarró con fuerza su tizona y comenzó a desplazarse. Danzaba armoniosa, por los escaques blancos y negros, en dirección a la reina Marfil, con el firme propósito de acabar con ella, para asombro del ejército blanco y admiración del propio. 

Sabía que pasaría, una vez destronase de su dama al enemigo. Sabía que, en el siguiente movimiento le tocaría a ella y, una vez más, volvería a estar lejos de su amado, hasta la próxima partida. Aunque, esta vez, había marcado los pasos que, tras su muerte, deberían llevar a su ejército y a su rey, a la victoria.

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