Tres Navidades (para concurso Zendalibros e Iberdrola #cuentosdeNavidad)

Tres Navidades tardó Soledad Expósito Smith en aceptar que, tras la muerte de su madre, Santa Claus ya no la quería como cuando estaba viva. Unos zapatos horribles, una gorra pequeña y un carrito para bebés tuvieron la culpa
Su inocencia infantil, oxidada por la decepción, se fue corrompiendo en una rabia mezquina y oscura cada vez que veía a algún niño del vecindario con un regalo que ella deseaba. Entonces rompía a llorar con amargura cuando intentaba explicar a su padre lo injusto que era todo. Al principio, él intentaba mostrarse comprensivo, pero terminaba con la paciencia agotada, emplazándola a «los Reyes de toda la vida». Nadie comprendía el vacío que Santa Claus hacía crecer, cada año, en su corazón. Desde la razón que le dictaba su sufrimiento estaba convencida de que, por no tener mamá, era merecedora de todos los caprichos que pedía en sus cartas. Pero estaba claro que, a ese «gordo, viejo y barbudo», tampoco le importaba nada su desgracia y, en consecuencia, comenzó a odiarlo con todas sus fuerzas.

Durante la víspera de la siguiente Navidad, Soledad Expósito permanece sentada en el bordillo de la acera de su calle. Está mirando como un niño, un par de años menor, está comiéndose unas galletas que a ella tanto le gustan. Se acerca y se las quita. Porque quiere y porque puede. Y le pega. El niño grita. Ella lo tira al suelo y le pega más, hasta que sólo se escuchan sollozos. Permanece encima de él comiéndose las que quedan. En su cara. Y lo mira con sorna, masticando con la boca abierta. Se siente triunfante.
Cuando termina, le mete la bolsa de las galletas por el cuello del jersey y se levanta. Le da una patadita en el costado, como comprobando si está muerto.
El pequeño se levanta desconsolado, con la cara llena de churretes y sorbiéndose los mocos que le llegan a la comisura de los labios. En un descuido se aleja corriendo.

Cuando consigue recorrer una distancia que considera segura, gira sobre si mismo y grita:
—Abusona, ojalá que Santa Claus no te regale nada.
Ella hace ademán de salir en su busca pero se para a los pocos metros. El niño vuelve a tomar el camino de huida como si le persiguiese el mismísimo diablo.
—Y a ti tampoco —responde, para sí misma.
En su cabeza las ideas empiezan a colisionar como hormigas cuando escupes en su hormiguero hasta que, pasados unos minutos, todo vuelve a su estado natural. Lo tiene. Y sonríe.

La cena de Nochebuena transcurre en silencio. Padre e hija no hablan. Ninguno mira al sitio desocupado que queda entre ambos y que, sin embargo, está provisto con un servicio completo de mesa. Terminan de comer, recogen la mesa y, tras poner las zapatillas de cada uno junto al árbol de Navidad, preparan el tentempié que todos los años toma Santa Claus para reponer fuerzas y seguir repartiendo regalos. Luego se van a la cama a dormir. O eso cree él.
—Cariño, que tengas unos dulces sueños —dice el padre—. Después le besa en la frente.
—Gracias, tú también, papá —contesta la hija, mientras simula tener mucho sueño.
La puerta de la habitación se cierra y ella abre los ojos de golpe. Espera. Y espera. Hora y media después, la casa habla como lo hacen todas en la madrugada. Y ella escucha lo que dice.
La campana del Ayuntamiento suena. En tres ocasiones. «¡La señal!», piensa. Soledad Expósito se levanta de la cama, con mucho cuidado. Pega la oreja a la puerta y permanece atenta. Los ronquidos de su padre la invitan a salir. Recorre la casa de puntillas, entra en el garaje y, en el armario de las herramientas, abre un cajón. Es el de las cosas prohibidas. El que su padre no quiere que toque.

Los rayos del Sol atraviesan la ventana sin piedad y se clavan en la cara de Soledad. La despiertan. Está deshecha por las correrías de la madrugada, pero satisfecha y esperanzada de que su plan haya surtido efecto. Se asoma a la ventana y no hay ningún niño jugando. «Buena señal», piensa. Suenan algunas sirenas a lo lejos y los barrenderos limpian las calles, como siempre. En Navidad parece que todo va más lento de lo habitual.
Soledad siente que su corazón se acelera, de su sien cae una gota de sudor y sus respiraciones son apresuradas. Apenas puede coger suficiente aire. Le escuecen los ojos. Piensa que a lo mejor debería haberse lavado las manos antes de frotárselos. Quizás sea por el matarratas que echó por la noche en la leche.
Sale de la habitación como puede. Todo está borroso, apenas puede ver.
Mientras se dirige al salón, desea, con toda su alma, que el «barbudo, gordo y viejo» haya desayunado también este año.

Anuncios

2 respuestas a “Tres Navidades (para concurso Zendalibros e Iberdrola #cuentosdeNavidad)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s