El regalo – para Zenda #cuentosdeNavidad

Despierta, sobre mi cama, deseo haber dormido lo suficiente como para que haya pasado la Navidad. Esa fue mi intención cuando me acosté el día veintitrés de diciembre. Miro el móvil y veo que es veinticinco: «por poco», pienso. Al menos he borrado el veinticuatro de mi hilo vital. Intento darme la vuelta para continuar con el sueño. Es imposible, ya no. Aún después de dormir tanto, me siento agotada.

Desde los ocho años odio estas fechas, pero no como lo hacen en los cuentos, es un odio más visceral y profundo. No soporto nada que me las recuerde: las escandalosas luces de colores por las calles, el olor repugnante a dulce que sale de las tiendas y las personas con sonrisas estúpidas sugiriendo bondades caducas y falsas…

Paso por la puerta del salón de camino a la cocina y, de reojo, percibo algo que no me cuadra en la distribución. Retrocedo unos pasos. La habitación está como siempre, a excepción de algo que hay en el suelo. Es rectangular, tiene el tamaño de una caja de zapatos, está envuelto en papel de color rojo con dibujos de muñecos de nieve y un perfecto lazo blanco que lo rodea.

La visión me ocasiona un golpe en el estómago que casi me hace vomitar. Empiezo a dar arcadas. Las sienes me duelen, la garganta se me seca y las manos me sudan. No sé porqué pero mis piernas tiemblan y no las puedo controlar. Una sensación de pánico me invade. Parece lo mismo que el tío Bruno me entregaba, cada año, cuando celebrábamos la Navidad en el pueblo y solía visitarme por las noches… El recuerdo me vuelve a golpear y, esta vez, consigue su objetivo. Después de echar todo lo que tengo dentro, me apoyo contra la pared, dejándome caer, poco a poco, hasta que quedo sentada, abrazada a mis piernas y con la cabeza metida entre ellas. Sin que yo sea consciente, el miedo mece mi cuerpo y hace que me orine encima.

Una idea taladra mi cabeza: «¿Cómo ha llegado eso hasta ahí?». Levanto la vista con la esperanza de que todo sea producto de la falta de medicación o de un sueño. Pero no. Ahí sigue, presidiendo la estancia.

Me arrastro por el suelo, en silencio, como si no quisiera despertar a alguien o a algo. No pienso tocarlo. No quiero. Sólo quiero verlo mejor. Más cerca. Tiene un trozo de papel en un lateral, parece que tiene escrito algo, pero no veo bien. Me acerco un poco más, ahora sí puedo leerla: «Feliz Navidad, Elena. Tu olvido es su perdón».

Estoy aturdida, no puedo pensar con claridad. Retrocedo, el paquete es idéntico a los de entonces, excepto por la nota. No me hace falta saber más. No pienso tocarlo. Salgo del salón como he entrado y vuelvo a incorporarme. Tengo el camisón mojado y pegado al cuerpo.

En mi cabeza suena un villancico, «No, no es posible. Otra vez no». Vuelve a ocurrir, como cada año, por Navidad. Sé donde tengo que ir y me resisto, pero la música suena más fuerte. No cesará hasta que lo deje entrar. Despacio, arrastrando los pies, me acerco al baño. Sé que está ahí. Me sitúo frente a la puerta, el miedo y la sensación de frio que me sube por las piernas paralizan mi cuerpo. La canción cesa. Respiro hondo. Cierro los ojos y cuento hasta tres. «Uno, dos…»

Abro la puerta con la esperanza de equivocarme.

—¡Feliz Navidad, Elena!

Su voz, resonando dentro de mí, confirma mis temores. Me quedo petrificada. No termino de acostumbrarme a su existencia. Una sensación de rabia y desprecio invaden mi persona.

—¿Has sido tú quién ha colocado eso en mi salón?

—¿Quién sino?¿El tío Bruno?

La pregunta se clava en mi cuerpo como un puñal y me enfurece aún más.

—¿Qué haces aquí? ¿Por qué me haces esto?

—Soy como tu fantasma del pasado, del presente y, espero que, del futuro —escucho una carcajada y prosigue—. Siempre me gustó ese cuento. Supongo que has leído la nota: «Tu olvido es su perdón». Es hora de pagar.

—¡Déjame en paz! ¡Vete! ¡No quiero escucharte! —. Mis ojos comienzan a humedecerse.

—Sin embargo, lo vas a hacer. No tienes elección, o es que acaso no recuerdas aquellas noches en las que tío Bruno se colaba en tu habitación, se echaba sobre ti, te manoseaba…

—¡Calla! No quiero recordar.

Las lágrimas humedecen mi rostro a la vez que le dan una calidez extraña. Palpo con mis manos el lavabo y las apoyo. Estoy abatida. El cansancio, el miedo, los nervios, los recuerdos, todo junto me acercan a un abismo al que no quiero asomarme.

—Por favor, márchate. Ya me cuesta vivir con mi persona como para cargar contigo, también.

—Sigue sin medicarte. Abandónate a mi. Duerme de nuevo. Ayer pude comprar tu regalo, para que recordaras, lo envolví como solía hacerlo él, con el mismo papel. Ni te imaginas lo que me costó encontrarlo. Yo acabaré con todo.

—No, no puedo. La familia… ¡Que vergüenza! Todo se sabría entonces, no quiero.

—Eres una persona enferma, depresiva, frustrada, sin amor propio: un colgajo de tu propia existencia.

Mi cabeza va a estallar mientras escucho toda esa retahíla de miserias. Quiero terminar con todo aquello y grito con todas mis fuerzas.

Abro los ojos. Se hace el silencio.

Estoy sola, frente al espejo, sudando, con la cara descompuesta. Mi reflejo es la caricatura de la persona que siempre he querido ser. Me odio y le odio por aparecer en cada Navidad y hacerme recordar. No puedo seguir viviendo así.

Sentada en el suelo del salón, tarareo el villancico que él me cantaba cada noche durante sus visitas. Voy abriendo el regalo con los ojos de la niña de ayer. Una sonrisa traviesa se dibuja en mi cara cuando veo lo que hay en su interior.

«Es hora de ponerle fin al cuento», pienso.

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