La luz de tu amor – para Zenda #AmoresDeVerano

El verano pasado, sin ir más lejos, me enamoré de una farola. Iba paseando por un parque, al caer la tarde, pensando en mis cosas, cuando un leve parpadeo luminoso comenzó a proyectarse en el suelo, como si intentaran llamar mi atención. Miré hacía arriba buscando su procedencia y me deslumbró. Quedé cautivado. Fue amor a primera vista o a primer destello, mejor dicho.
Era una farola espigada, fuerte y con un intenso olor a orina. Su cuerpo metálico, pintado de gris, partía recto desde el suelo para terminar, describiendo una seductora curva, en un precioso ojo azulado. Su físico fue lo que más me atrajo de ella, pero lo que me volvía loco era esa mirada intermitente que la distinguía de las demás. Era especial.
Cuando vives en la calle, tu máxima prioridad es encontrar comida y un buen sitio para dormir, no queda espacio para pensar en el amor, tal vez sexo esporádico con alguien que encuentras en tu misma situación, pero esa vez fue diferente.
A todas luces era una relación irracional, pero eso no nos importó. Por las mañanas, mientras ella dormía, yo pasaba a cuidarla para que nadie se acercase y pudiera despertarla. No tenía otra cosa mejor que hacer. Por la noche esperaba impaciente que su brillo discontinuo me iluminara. Un relampagueo y mi corazón saltaba de alegría. Podía pasarme horas mirándola o frotándome contra ella como un poseso. Con las risas de la gente que se paraba a mirar, hacíamos nosotros la banda sonora de nuestro amor.
Los días transcurrían rápido, sin percatarnos que el verano se nos escapaba con cada caricia. Las esperas se hacían más cortas y nuestros encuentros nocturnos más largos. El mundo giraba a favor y parecía que «lo nuestro» iba a ser algo más que el típico romance de verano.
Cierto día, al llegar un poco más tarde de lo habitual a mi guardia matutina, pude distinguir, en la lejanía, como un hombre, subido a una escalera, toqueteaba con sus sucias manos, el interior del ojo de mi amada. Corrí encolerizado hacia él, gritándole, realizando todo tipo de aspavientos amenazadores para evitar que siguiese mancillando su cuerpo. Fue inútil, era mucho más grande que yo, con más fuerza e iba provisto de una gran y temible llave inglesa. Desesperado quedé esperando, a una distancia prudencial, a que se marchara. La impotencia me consumía por dentro y empecé a llorar como un chiquillo.
Las horas que pasaron mientras ese malnacido estuvo con ella, más las siguientes que les siguieron hasta caer la noche fueron interminables. Juro que nunca el tiempo ha ido más en mi contra. Esperé un rato más cuando se marchó por si volvía y entonces me dirigí hacia ella. Yo permanecí debajo, dedicándole mil caricias, mirando cada segundo hacía su ojo, esperando un destello de tranquilidad.
Dicen que la luz es símbolo de vida, verdad y pureza. En mi caso lo fue de muerte, destrucción y desesperanza. Tras un leve parpadeo, el ojo de mi amada quedó proyectado fijo en el suelo. Frío, sin vida, como cualquier otra farola que habitaba a nuestro alrededor. Al principio, intenté llamar su atención con suavidad, como cuando días atrás le dedicaba baladas de amor. Pero no reaccionaba, el haz de luz permanecía impasible a mis lamentos partiendo mi corazón en mil pedazos.
La noche pasó sin atisbo de reacción por parte de ella, no pude rescatar su atención, ya no podría distinguirla de las demás, sería una más entre tantas. Con una tristeza infinita me acerqué cabizbajo, levanté la pata y la impregné de mi marca. La miré por última vez y me alejé de allí sin mirar atrás.

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