El hombre invisible (#cuentosdeNavidad para el concurso de Zenda e Iberdrola)

La Navidad era la mejor época del año para Nicolás, cuando las luminarias navideñas prendían en las calles, se alzaba el telón y un foco cenital coloreaba su gris natural: se hacía visible para el común de la gente.

-Mira Jesús, ahí hay un pobre, toma esta moneda y dásela -dijo un padre a su hijo.

– ¿Nicolás? No acepta monedas, solo deseos -contestó el niño.

-¿Cómo…?¿Tú lo conoces?

-Claro, es el señor pobre que siempre está en el parque.

-Bien, bueno, llevasela.

El chico intentó rebatir al padre con un gesto de protesta pero, ante la firmeza de éste, resignado, corrió hacía el mendigo.

-Hola Nicolás, mi padre me ha dicho que te dé esta moneda.

-Hola Jesusito, sabes que no quiero dinero -contestó Nicolás, sonriendo.

– Lo sé, “solo deseos” -remarcó con voz grave -. Se lo he dicho, pero ha insistido -terminó quejándose.

-Por favor, dale a tu padre las gracias. Prefiero que me regaléis un deseo, uno grande.

Jesús, con la moneda apretada en la mano, volvió con su padre y, gritando, le devolvió el mensaje. – ¡Ya te he dicho que Nicolás no acepta monedas!

-¿Será posible…? -replicó el padre, contrariado. Cogió a Jesús de la mano y se acercó a Nicolás.

-Disculpe, mi hijo dice que usted no acepta la moneda, ¿es cierto?

-Hola, feliz Navidad, mi nombre es Nicolás, ¿y el suyo?

-Eh… feliz…Navidad, soy José.

-Hola José, en efecto, Jesús tiene razón, no acepto monedas, pero si tiene un deseo…

-¡Por favor, déjese de tonterías y acepte la moneda, con deseos no se come! -le cortó José, con desdén.

Nicolás se levantó, poco a poco, para ponerse delante de José.

-Es verdad, tiene usted razón, no se come. Mire, aquella muchacha se llama Lucía y desea tener un hijo más que nada en este mundo, aquél de allí es “Paco el barrendero”, su mayor deseo es que su hija encuentre trabajo para que no tenga que irse al extranjero a buscarlo. Luis y Marcos, esos críos que están con la pelota, desean jugar algún día en un equipo de primera división, María, aquella señora mayor que está sentada en ese banco, desea encontrar de nuevo el amor…

-Si, muy bien, todos desean algo, eso es “el cuento de la lechera”. -volvió a interrumpir José.

-No, no se equivoque, no todo está en los deseos, está en la ilusión. Si usted viese con la fuerza y sentimiento que los describen. Es un momento mágico en el que el deseo se hace realidad, sus miradas se pierden en el vacío mientras los dibujan en el aire. Es un honor y una suerte que me hagan partícipe de ellos. Mi alma recibe una descarga de energía positiva tan grande, que gracias a ella soy capaz de levantarme cada mañana. Es como la manta que me tapa en las noches estrelladas, el silencio de mi estómago hambriento, mi paño de lágrimas y calma de la ira por la injusticia que me llevó a esta situación.

José, admirado por la exposición, acalló su soberbia y preguntó -¿Qué le ocurrió?

-Como a miles de personas, el banco me dejó sin dinero, sin dignidad y sin la casa. El negocio iba mal, la hipotequé pensando en que mejoraría y al final me vi envuelto en la ignominia que este gobierno está permitiendo. Me impusieron unas condiciones de pago alternativas a las que tampoco podía hacer frente y terminaron por desahuciarme.

-Lo siento, es una gran injusticia. Si puedo hacer algo por usted -susurró José, avergonzado.

-Sí, dígame su deseo.

-¿Mi deseo? -Preguntó José -.Mi deseo es que usted salga pronto de esta situación -dijo a continuación.

-Gracias, pero no me vale un deseo circunstancial. ¿Cuál es el deseo que le hace sonreír y el que acaricia en su duermevela? -Preguntó Nicolás.

Con gesto reflexivo, José dijo en voz baja -viajar, me encantaría viajar con mi familia alrededor del mundo, conocer otras culturas, ver los paisajes que aparecen en los documentales y no parar hasta que llegase al último confín de la Tierra. Ver amaneceres increíbles, ocasos maravillosos, tormentas terribles, selvas peligrosas…

-Gracias -contestó Nicolás. Cogió la mano de José y le hizo el gesto de entregarle algo -. En agradecimiento le voy a dar lo que su hijo desea en el parque cada día.

-No tengo nada -dijo José extrañado, mirándose la mano.

-¿Cómo?¿Ya lo ha perdido? -Replicó sorprendido Nicolás. -Tome de nuevo y cuídelo -. Volvió a hacer el mismo gesto de antes.

-Perdone Nicolás, mi mano está vacía -contestó José enseñándole la palma de la mano.

-Acabo de darle dos instantes de tiempo y los ha perdido. Podría haberlos aprovechado y, sin embargo, ha decidido dejarlos pasar. José, Jesús, desea que su padre aparezca en el parque para jugar con él. Siempre comenta lo mucho que lo echa de menos, que no recuerda la última vez que se divirtieron juntos, que ha olvidado su voz “de contar cuentos” por las noches, le encantaría que lo viera subir al columpio más alto y que, cuando llora, esté ahí para consolarlo.

José, con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos, intentaba defenderse -. El trabajo…estoy muy liado ahora…tengo mucho estrés.

-Yo le he dado dos instante de tiempo y usted los ha desperdiciado, haga con cada uno de ellos algo útil, no se limite con estar: ¡exista!

-Hijo, lo siento, perdóname. Te prometo que pasaré más tiempo contigo -dijo angustiado José, a la vez que abrazaba a su hijo con fuerza.

– Deseo cumplido Jesús -susurró Nicolás.

Esa noche, Nicolás cenó y durmió caliente como hacía tiempo que no lo había hecho. Disfrutó cada segundo, cada matiz del sabor de la comida, el olor a hogar, el suave tacto de las sábanas limpias al rozar su piel, el descanso de su maltrecha espalda sobre el colchón.

Sabía que esto se acabaría cuando las luces se apagaran, cuando los villancicos callasen y todo se tornara en gris. Entonces, volvería a ser invisible, con sus deseos.

 

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