La llamada de la carne. (#historiasdemiedo para el concurso de Zenda)

La habitación era pequeña y de forma rectángular. Una puerta, una gran cortina de color azul marino con ribetes dorados y un pequeño aparato de aire acondicionado, funcionando a toda potencia, eran los únicos elementos destacables de las paredes. El suelo era de mármol blanco. En el techo, un par de halógenos de poca potencia disparaban sus haces sobre un carro mortuorio en el que reposaba un ataúd cerrado.

El susto fue mayúsculo. – ¡Pero que coño! ¡Joder! ¿qué es esto? – gritó Paúl a la vez que de un salto conseguía ponerse en pie.

Tras un chasquido sordo, las cortinas comenzaron a enrollarse lentamente a los lados, dejando a la vista un amplio ventanal. Atraído por el movimiento, rodeó nervioso el funesto parapeto, como si tuviese la lepra, para acercarse al cristal descubierto. Una sala en penumbra, de mayor dimensión, con algunos sillones de piel y mesas de color “wengué”, se perdía donde lo hacía su escueto ángulo de visión.

– ¡Ayuda! ¡Socorro! ¡Eeeeeeh! ¿Hay alguien? – desgañitó su garganta a golpe de cristal.

La intensidad de los halógenos pareció aumentar algunos grados, aunque no lo suficiente como para aclarar la habitación por completo. Un golpe de cerradura sonó entonces.

La puerta, hasta entonces en silencio, chirrió lentamente al abrirse. Paúl hizo ademán de hablar. Desde el otro lado, una figura corpórea vestida de negro se deslizó volátil hacia el interior, con el rostro vendado de sombras. Éste, con la voz gastada, retrocedió como pudo buscando refugio en la oscuridad de un rincón, rehuyendo el macabro encuentro, hasta convertirse en un ovillo de brazos y piernas donde ocultó la cabeza. Muerto de miedo.

Desde su escondite, el tiempo pasó por su mente como la de un condenado a punto de ser ejecutado, esperando el golpe final. Un nuevo chirrido, seguido del golpe de cerradura lo devolvió de nuevo a la habitación. Poco a poco fue irguiendo la cabeza. La puerta volvía a estar cerrada y la habitación había cambiado: Un par de coronas de flores adornaban la pared y el ataúd estaba abierto, con la tapadera apoyada verticalmente. La escena le dio aún más pavor.

Evitando mirar dentro del ataúd, con la cara tapada, cruzó la sala buscando la puerta. Algo le retuvo. No sabía decir qué, pero alguna fuerza extraña tiraba de cada molécula de su ser e impedía que avanzara más allá del féretro. Empujaba con todas sus fuerzas para cubrir el siguiente paso, pero no podía avanzar ni medio. La angustia se apoderó de él. Una oleada de pánico hundió la última barcaza de esperanza que le quedaba, sucumbiendo a la reciedumbre de lo desconocido.

En ese momento, desde el ventanal, un chorro de luz invadió la mitad de la habitación. Paúl, con el rostro desencajado, giró sobre sus pies y vio como tres plañideras de riguroso luto, con el rostro oculto tras sendos velos, dirigían su atención hacia dentro del ataúd, poseidas por una risa nerviosa o llanto incontenible.

-¡Aaaaaah! ¡Aaaaaah! – gritos de desesperación unidos a terribles golpes sobre el cristal se sucedieron entonces. Sus ojos, fuera de las órbitas, buscaban enloquecidos correspondencia tras los velos. Otras personas se acercaron al cristal alertados por el alboroto, o eso creía Paúl al principio. LLoraba de emoción y hacia gestos con sus manos buscando un hálito de aprobación, una señal, un saludo, algo. Pronto comprobó que todos cercaban su mirada sobre el ataúd. Nadie se había percatado de su presencia, de sus gritos, de sus golpes. La gente iba y venía para asomarse al cristal con un objetivo distinto al que él habría deseado.

Todo este tiempo, había evitado mirar dentro del féretro, algo le decía que el cuadro no iba a ser de su agrado. La lucha interna terminó con un tímido giro de cuello para asomar su mirada, por primera vez. Efectivamente, lo que vio, fue espeluznante…

Una persona bastante mayor que él, de pelo blanco, boca y ojos pegados, la cara, con un brillo mortecino, parecía estirada, presentando un gesto, a todas luces, antinatural. Iba vestido con un traje gris desgastado, con una camisa blanca abotonada hasta el cuello y tapado hasta el ombligo con una sábana como sudario.

-Esa cara…Esa cara. ¿Dónde he visto antes esa cara?- se preguntó, mientras su conciencia buscaba, de modo desordenado, el rostro del fallecido en la memoria. Y recordó.

-Conduzco y…y un camión se abalanza contra mí. Vueltas… Grito. Sonido de ambulancias. Dolor, mucho dolor. Todo pasa muy rápido, luces continuas en el techo y me paran. Giro la cabeza, ahí está. En la camilla de al lado. Es él. ¡Es él! Me agarra la mano y… No hay más, solo oscuridad y luego estoy aquí, encerrado.

Durante el proceso de revelación, Paúl, trastornado, no dejaba de mirar el cadáver. No comprendía nada. Levantó la vista de nuevo hacia el cristal y el tumulto había desaparecido. Solo una persona permanecía quieta mirando el cadáver. En un último intento por llamar su atención se lanzó, con un grito violento y los puños llenos de furia, contra la ventana, se puso frente a él. Frente a si mismo.

Horrorizado, retrocedió un par de pasos. Su propia persona estaba al otro lado del cristal, mirando el cuerpo que yacía. Entonces ocurrió, levantó la mirada del ataúd y sus ojos quedaron fijados a los de Paúl. Sonrió. No una sonrisa de alegría, o de agradecimiento, o de simple simpatía. No. Era una mueca siniestra, de las que dicen “yo gano y tú no”. De aquellas que te quedas odiando para siempre.

Dio media vuelta y se marchó cojeando, no sin antes soltar una tétrica carcajada.

Paúl lo maldijo e intentó salir rápidamente por la puerta, pero de nuevo algo volvía a tirar de cada instante de su ser, hacía el féretro, hacía la muerte de otro que le había tocado vivir… A la llamada de la carne.