La espera.

El accidente fue terrible. Un exceso de velocidad, unido a una curva con poca visibilidad, dieron como resultado una pérdida de control. El coche atravesó el carril contrario, derrapando en el arcén y clavando el morro en la cuneta abarquillada, provocando varias vueltas de campana, hasta quedar inmóvil en una pequeña explanada cercana.

Cuando Rodrigo frenó, la sensación de terror atenazó su estómago y tensó cada uno de sus músculos en milésimas de segundo. Todo dentro del coche pasaba vertiginosamente y de manera violenta. Desde su mente despierta, gritaba angustiado- Por favor, que pare ya, que pare ya-… pero no paraba. Con un brazo intentaba sujetar a Candela, su mujer, y con el otro, estirarlo hacía atrás en busca de Matías, su hijo de 7 años. Era imposible, los fuertes  movimientos del coche los lanzaban de un lado a otro, como los títeres de un teatrillo de barrio. Golpes de plásticos y chapas arrugándose saturaban sus oídos, impidiéndoles oír sus propios gritos, cientos de cristales cruzaban entre ellos de un lado a otro, arañándoles la piel.

La calma llegó. Inmediatamente después, la desorientación, el desconcierto y el miedo.

Rodrigo, con un fuerte dolor en la zona del esternón, intentó salir por la puerta que estaba bloqueada por las abolladuras, tuvo que hacerlo por la ventana, dejándose caer al suelo de golpe. Al mal del pecho, se le unió una severa contusión en las cervicales y un profuso sangrado nasal.

Así, malherido, conmocionado y asustado, intentó levantarse con mucho esfuerzo. De pronto, como si un balazo atravesase su cabeza, cayó en la cuenta del resto de ocupantes.

-¡Candela! ¡Matias!

Tambaleándose, se acercó al coche presintiendo lo peor.

Cuando miró dentro, el paisaje era desolador. El habitáculo estaba deformado, el equipaje disperso entre los sillones rotos, el salpicadero destrozado y la parte delantera del techo hundida. Vio a Candela, semiaplastada por su airbag, inmóvil y con signos de cortes en cara y brazos. Giró, lentamente y con mucho dolor, el cuello hacia la silla de Matías. Estaba vacía. No había rastro de él. El pánico le arrebató la cordura y, obviando el sufrimiento de su cuerpo , se dirigió a la puerta trasera, donde comprobó que solo había cristales rotos y una sillita de auto tumbada.

De su boca sanguinolenta, surgieron entonces tormentosos hilos de desesperación.- ¡Matias! ¡Hijo! ¿Dónde estás?…

Los gritos del silencio, le devolvieron el sonido de la desesperanza: nada.

Volviendo sobre si mismo, miró a su alrededor. Buscaba cualquier resquicio de su hijo. Debido al estado de shock, no lograba mantener la precisión suficiente como para fijar correctamente la vista. Era como disparar ráfagas con una cámara fotográfica e intentar captar algún detalle de cada una de las instantáneas.

Durante la búsqueda, algunas lamentaciones y quejidos de Candela le dieron la única buena noticia hasta entonces.

-¡Candela…! ¡Matias…yo…no lo encuentro!

Exhausto, Rodrigo, se apoyó en el capó destrozado del coche e intentó coger una amplia bocanada de aire. El dolor del pecho se le agudizó. Levantó la vista sobre la carretera y pudo distinguir lo que parecía la camiseta rayada de Matías, que días antes habían comprado en un supermercado.

Haciendo acopio de fuerzas, se arrastró como pudo hacia allí. Mientras se iba acercando, la imagen dantesca que se abría ante él desbocó sus pulsaciones, más aún de lo que ya estaban.

En medio de la carretera, se encontraba Matías, en una posición grotesca y antinatural, haciéndole pensar en lo peor. Cuando llegó a su altura, con los ojos ahogados en un tormento, lo tomó en brazos y, desde los más profundo de su primitivo ser, desgarró su garganta a gritos.

Instantes después, sin fuerzas, cayó de rodillas, y vio como, poco a poco, la tierra perdía su horizontalidad hasta golpearle sobre la cara, decolorando el paisaje hasta volverlo negro.

 

 

Bip…bip…bip…

Un martilleante, acompasado y débil sonido dibujaba la esperanza de una vida sobre un monitor.

Rodrigo sostenía la mirada sobre la cama donde estaba su hijo. Era la mirada de un hombre que quiere ver más allá de lo que mira, como si todo un horizonte infinito se plasmara sobre aquella pequeña habitación.

Mientras tanto, Matías, permanecía quieto, con el cuerpecillo invadido de cables y tubos. Como la representación macabra de Gulliver atrapado en la ínsula de Lilliput por sus diminutos habitantes.

Lo recordaba tan lleno de vida, que no parecía su hijo, no quería que fuese él. Lo deseaba con todo su ser, pero la realidad era implacable y se lo recordaba a cada bip.

El tiempo no transcurría para Rodrigo, sólo la habitación cambiaba la posición de sus luces y sombras, una y otra vez.

La puerta, se abría y cerraba, y de ella, entraban y salían jóvenes enfermeros que trataban a Matías con exquisito cuidado. Calibraban los aparatos, los medicamentos, cambiaban las sábanas y lo lavaban. Todos siempre tenían un segundo para dedicarle un gesto cariñoso, una caricia o un beso.

Conmovido por las atenciones, Rodrigo, entre lágrimas, siempre les devolvía algún gesto de agradecimiento.

Los dias transcurrieron cual movimiento de un tiovivo. Ciclicamente pasaban ante sus ojos las mismas figuras haciendo lo mismo que la vuelta anterior. En el décimo, el padre, con las manos tapando su cara, desolado sobre un sillón, sintió como lo rodeaba un fuerte abrazo.

-¡Papá! ¡Papá! -gritó Matías, abalanzándose sobre su padre.

-¡Hijo!¡Hijo! -sollozaba emocionado Rodrigo, a la vez que hundía sobre si mismo al niño.

Padre e hijo, permanecían abrazados, llorando. Sosteniendo cada uno la existencia del otro. Mientras, el silencio, parecía sonar melódico ante el encuentro.

Matias, aflojando sus pequeños brazos, preguntó:

– ¿Quién es ese?.

-Eres tú, cariño.- contestó Rodrigo dulcemente, intentando recomponerse.

-¿Yooo..? entonces… estoy… ¿muerto?-preguntó entre curioso y extrañado, sin dejar de señalar la cama.

-Si, cielo, llevo días vigilándote, esperando, por si finalmente pasaba esto. No quería… que te encontraras solo.

-¿Qué haremos?-volvió a preguntar.

-No lo sé.- respondió tranquilo Rodrigo, mientras miraba a su alrededor.

-Papá, ¿sabes?. No tengo miedo.- susurró Matias, agarrando con fuerza la mano de su padre.

-Hijo, ahora, yo tampoco.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s