Sueños de fútbol (#historiasdefútbol – Zenda)

Mi vida, allí, empezaba a rodar con un:

-¿Pares o nones? – preguntaba desafiante Pedro, con una pelota de cuero bajo el brazo.

-Yoooo, ¡pares! – contestaba Luis recogiendo el guante.

-Vale, pues entonces…¡Yo nones!. Unoooo, dooos…¡Trees!

Los dos niños, con los brazos a la espalda, miraban el hueco que posteriormente ocuparían las manos, intentando adivinar cual sería el número de dedos que el otro iba a sacar, para que, sumados con los suyos, diese el resultado que esperaba.

Mientras se producía esta batalla psicológica, algunos permanecían atentos al envite, y otros corrían conmigo, hipnotizados por la atracción esférica que ejercía sobre ellos.

-Tres más dos, cinco, más uno ¡seis!- contaba triunfante Luis.

Primera victoria.

A continuación, comenzaba la elección de los equipos, la cruda realidad. Era la situación en la que cada uno conocía el lugar que ocupaba en el fútbol.

Luis, optaba por tener un equipo fuerte y rápido.

– Elijo al Salva.- dijo, señalándolo con el dedo.

Pedro, con media familia integrando la pandilla, se hacía fuerte confiando en los suyos.

– Elijo a mi hermano Antonio Jesús.-contestó, agarrando a este por el cuello.

-Al Antoñico.-replicó rápidamente Luis, como si alguien se le fuese a adelantar.

El resto de niños, nerviosos, gritaban con miradas cautelosas a los capitanes. Algunos, vencidos por la tensión, se señalaban el pecho con la mano al grito de: -¡¡A mí, a mí…!! a sabiendas de que no era su momento.

El grueso de los equipos cayó en cascada, con la percepción de que los capitanes habían hecho sus cábalas cual partida de ajedrez, adelantándose a la jugada del contrario, pulsando rápidamente el temporizador para generar la duda necesaria que hiciera que el contrario cometiese un error.

– A mi primo Pedrillo.

– Al Juan “el caballa”.

– A mi primo Miguelito.

– A Juan “el rubio”.

– A mi primo Jose María.

– Al Emilio, el hermano de Antonio.

Con los equipos hechos, tocaba hacer el campo.

La lonja del pescado cercana al barrio, era el lugar donde solían jugar. En una calle amplia, al aire libre, sin coches, con un asfalto quemado por el Sol, de olores entremezclados, característicos del lugar: mar, gasoil, pescado fresco y no tan fresco, aire caliente y de madera recién pintada de los barcos que permanecían varados en el muelle colindante. Esa mezcla era de las que perduran para siempre en la memoria, de las que se imprimen a fuego, y que cuando la hueles de nuevo, estés donde estés, vuelve a trasladarte a aquél sitio y a aquella época.

– ¡¡Las porterías!! ¡¡Hay que hacer las porterías!! – exclamaba Antonio Jesús, seguido de: -¡¡Hay que contar nueve pasos!!

– ¡¡Las aceras son las fueras!! ¡¡Si toca las aceras es fuera de banda!!- advertía Salva con voz chillona.

En la portería, a no ser que hubiese alguna vocación temprana, los chicos se turnaban a cada gol que encajaban. Esa era la regla. El resto, instintivamente, se colocaban en la posición del campo donde sus habilidades eran más útiles y sus torpezas menos notorias. Como siempre, los más diestros en posiciones avanzadas y los menos, en la defensa.

Con la conciencia como árbitro y el balón al cielo de un pelotazo, comenzaba el partido.

No había tácticas, la anarquía más absoluta y bella, se apoderaba del juego. Todos querían el balón y cuando lo tenían no querían devolverlo. Buscaban con afán el mejor regate, el mejor gol, la mejor jugada…

– ¡¡Alto!! ¡¡Parad la pelota que viene un coche!! – avisaba haciendo aspavientos Juan el rubio.

Los niños permanecían inmóviles, viendo cruzar con parsimonia la furgoneta de un pescador rezagado, por el medio del campo.

– ¡¡Vamos hombre, que nos enfriamos!! gritaban algunos.

El conductor, con una sonrisa pícara dibujada en su cara, hacía oídos sordos a las quejas y seguía la trayectoria a la misma velocidad. En cuanto terminaba de pasar se reanudaba el partido inmediatamente, sin más dilación.

-La llevaba yo- pregonaba Antonio. Y el juego continuaba desde la posición exacta que tenía cada uno antes de la interrupción. Si no, no se empezaba.

Goles de todas las facturas se sucedían en ambos lados, caños, vaselinas, paredes. Faltas medidas con la amistad, con la mano tendida al caído y el abrazo del perdón al hacedor.

Goles y no goles polémicos, donde porterías imaginarias se dibujaban partiendo de dos montones de camisetas apiladas, cuyos largueros dependían de las tallas de los porteros de turno. La persistencia de cada uno y las ganas de seguir jugando eran juez y parte necesarias para resolver los desencuentros.

El Sol caía y el tiempo se acababa. Con las suelas de los tenis ardiendo, apuraban los últimos instantes de luz para lograr la remontada épica o acabar definitivamente con el rival. Entonces, llegaba el ultimátum. Aquello que la FIFA, en un alarde de “ingenio” inventó muchos años después: – ¡¡Última jugada, el que meta gana!! -proclamaba Pedro a los cuatro vientos.

Los músculos cansados de los niños se tensaban de nuevo, los que estaban fueran del partido volvían a meterse y todos, absolutamente todos, luchaban por la pelota como si fuese la última cosa iban a hacer en sus vidas.

Un último gol que borraba todo lo anterior, un gol que daba la gloria. Un gol de los que dejaban restos de sueños por la noche…

Añoro esos tiempos, los echo de menos…

Ahora los vuelvo a reunir, treinta años después, con sus barrigas prominentes, con botas de marca, con las camisetas de sus equipos favoritos, en campos de césped artificial y de olores neutros…

Les arrebato sus problemas, sus tensiones, sus desamores, las hipotecas, los trabajos… Y los vuelvo a desnudar con un balón, como cuando niños, y los suelto en el campo y veo en sus ojos el brillo que les contagie antaño, mientras corren…Porque soy fútbol.