Déjame que te cuente…

Durante mi infancia jamás dejé de creer. Imaginaba mi vida como la de un superhéroe, siendo protagonista de sueños dirigidos, fascinaciones diurnas e intemporales pensamientos en vacío.

Creaba escenarios imposibles, lejos de las leyes de los hombres, de la Naturaleza…

Criaturas inverosímiles viajaban a mi lado, surcando océanos inexplorados, conquistando reinos sin corona y anexionando territorios inhóspitos.

Mi cuerpo, apéndice inútil de mis fantasías, villano de lo etéreo, se empeñaba en traerme de vuelta. No perdía un instante para evocarme un regusto amargo, una melodía desafinada, un hedor putrefacto o una visión palpable de la cruda realidad.

La lucha era descarnada, lo real contra lo imaginario, lo terrenal contra lo místico.

Armado hasta los dientes, con un compendio de Verne, Blyton, Dumas, Salgari, Stevenson y Twain me apropiaba del tiempo, tal y como lo conocemos. Reescribía su linealidad hasta convertirlo en un ente inestable y superfluo. Me sentía invencible.

Luego llegaron ellos, los adultos. Con sus deberes y obligaciones, con sus mandamientos e imposiciones.

Robándome el tiempo de las manos, arrojándolo de golpe contra mí.

Derrumbaron todo lo construido, despojaron a reyes mágicos de sus coronas, exterminaron ratones ladrones de dientes y se atrevieron a decir que siempre fueron ellos. Malditos.

Fui quemado en la vanidosa hoguera de lo real, de lo mundano, del repugnante amanecer de cada día.

Pasé largos años de exilio; sometido a ruidos de claxon, montañas de informes sin revisar, conversaciones vacías y relaciones engañosas entre personajes de mi misma especie.

El tiempo, antaño sometido, manejaba mis actos. Era su esclavo y siempre procuraba mantenerme alejado de hechos no planificados.

La química truncaba mis sueños, los difuminaba hasta convertirlos en escenas inacabadas e inconexas.

Desde entonces, mi vida, era la de un ser inerte e insustancial…

Hoy, chorreras de sangre se escapan de entre mis dedos mientras escribo estas palabras, con la savia de mis entrañas, en el suelo.

Estoy muy mal, terriblemente mal. Siento frío.

Con la espalda apoyada sobre una roca me esfuerzo por aclarar la noche. Es inútil, no veo más allá del rugir de las olas.

Sirenas atronan en mis oídos, parecen venir de todas direcciones. Una tos sanguinolenta frustra mi llamada de auxilio. El gusto metálico contrae mi garganta.

El boicot a mi plan diario me ha llevado al lugar incorrecto en el momento menos apropiado. Una pelea entre bandas, una bala perdida…y, mi vida, yéndose a borbotones.

No quiero irme sin volver a soñar, sin entrar en ese éxtasis de fascinación que me transportaba en mi niñez.

Necesito más tiempo y menos dolor. Quiero convertirme en Sherezade y prolongar mi vida más allá de mil noches. Me arrancaría la piel de adulto y volvería a ser niño. Nunca más dejaría de serlo. Nunca jamás.

La oscuridad invade mis ojos, no veo. La piel repele el frío, no siento. Las sirenas vuelven al mar, en silencio, no oigo. La sangre se seca, no tiene sabor, ni olor…muero.

Solo quedo yo, soñando, como cuando niño, pronunciando esas maravillosas palabras mágicas: “Érase una vez…”

 

 

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