Tres ángeles.

Un mendrugo de pan en cada plato era objeto de deseo de las miradas hambrientas de unas niñas y de desesperación para su madre: Vanya y sus dos hijas se habían sentado para cenar. 

Cuando terminaron de recitar la oración de agradecimiento por los alimentos que iban a tomar, alguien dio tres fuertes golpes a la puerta de la casa. La madre se levantó despacio de su silla con la mano en el pecho y se dirigió allí con temor. Ante ella se presentó una anciana, con el ceño fruncido, los ojos en llamas y dedo acusador.

—¿Cuándo pensáis pagarme el alquiler?

—Buenas noches, Dolores. Cómo le dije ayer, aún no he encontrado trabajo.

—¡Paparruchas! Ya está bien de cuentos. Mañana os quiero fuera de aquí.

—Yo le prometo…¿Mañana?…Es Navidad.

La casera encogió sus hombros y arrugó la cara en señal de desaprobación.

Un sonido empezó a escucharse. Era como si alguien estuviera arañando algo sin parar. A los pocos segundos se hizo más intenso y rápido. Las dos niñas estaban afanadas en dar cuenta de los mendrugos de pan. Lo cogían con la necesidad del hambre y lo mordían intentando quebrarlo. También lo chupaban para ayudarse en la ardua tarea en la que estaban entregadas. Giraban los trozos con desesperación. Roían y roían sin parar, ajenas a que estaban siendo observadas por las dos mujeres. 

Un soplo de aire gélido apagó la vela que iluminaba la habitación y dejó a las niñas en penumbra, marcando sus contornos frente a la poca luz que entraba por las ventanas. El sonido de las pequeñas royendo su cena de Nochebuena se mantenía en la negrura. 

Cuando la anciana se marchó, sin un atisbo de misericordia y recordándoles su decisión, Vanya se sentó entre sus hijas y lloró en silencio, como sólo una madre sabe hacerlo.

Dolores entró en su casa refunfuñando. Allí le esperaba una mesa bien distinta a la que había contemplado. Demasiada comida para una persona sola. Pasó la mirada por cada una de las sillas vacías, llenándolas de recuerdos de las personas que las usaron antaño y habían ido desapareciendo por ley de vida o por su mal genio.

Tras la cena, se metió un bombón de chocolate en la boca y se acostó en su cama. Le encantaba la sensación de dormirse mientras el dulce bajaba derretido por su garganta. Así, de esa manera, quedó sumida en un profundo sueño.

A las pocas horas, un sonido se fue haciendo presente en la habitación. Al principio, era un leve roce, lento y contínuo y con el paso de los minutos se convirtió en un runrún siniestro que empezó a incomodar la inconsciencia de la anciana hasta despertarla. Entre los claroscuros de la noche dirigió su mirada hasta el final de la cama y distinguió a dos pequeñas figuras. Tardó un poco en darse cuenta de que le estaban mordiendo los pies. Su primera reacción fue la de encoger las piernas y gritar, de su garganta salió el gesto y de sus extremidades la intención. Pero ni lo uno ni lo otro sucedió. El roer de los huesos se convirtió en la banda sonora de la horripilante visión. De entre las sombras surgió la figura de Vanya, con rictus serio y tez blanquecina:

—¡Tenemos hambre! —gritó, con estridencia.

Dolores despertó de golpe dando un grito desgarrador. Tenía el camisón empapado en sudor y su corazón golpeaba fuerte contra su pecho. Le costaba tomar aire. Dio un tirón fuerte de la manta destapándose hasta la cintura. Respiró aliviada.

En su cabeza aún quedaban los ecos reminiscentes del roer de las niñas. Se quedó pensativa sobre la cama, temblorosa, recobrando el aliento perdido. Un escalofrío recorrió su espina dorsal y, tras terminar de estabilizar su ánimo pasados unos minutos, fue hacia la mesa donde había cenado y cogió algunos platos. Se puso una bata y se dirigió a la casa de Vanya.

Nadie respondía a sus llamadas, empujó la puerta y esta se abrió. El piso estaba vacío, sólo había tres mendrugos de pan medio comidos sobre la mesa. La garganta se le contrajo produciéndole una sensación de ahogo, deshaciéndose después con las lágrimas que empezaron a brotar de sus ojos. Se maldijo.

Había empezado a nevar hacía rato y una intensa niebla impedía que Dolores pudiera ver más allá de un par de metros.

—¡Vanya! ¡Vanya! —voceaba la mujer, esperando obtener respuesta.

 Las piernas empezaban a entumecerse y la respiración se hacía escasa y fatigosa. No llevaba abrigo suficiente para soportar el temporal y el cansancio había mitigado en buena parte su capacidad para orientarse. Estaba perdida, exhausta y medio congelada. Su vista ya no alcanzaba a distinguir algún lugar donde guarecerse. En un intento por avanzar más deprisa resbaló sobre la nieve, que ya tapizaba el suelo. Permaneció tumbada, boca arriba, sin remedio. Sin fuerzas para incorporarse, sin fuerzas para vivir la vida que estaba viviendo. Se rindió. 

La luz intermitente de una farola relampagueaba sobre ella. Unas partículas se fueron desprendiendo del haz luminoso que, zigzagueando, iban aumentando de tamaño hasta tomar la forma de bellos seres celestiales que la recogieron del suelo.

«No hay nada más agradable que la sensación de los rayos de sol sobre una», pensó Dolores, acurrucándose un poco más sobre ella misma.

Cuando fue consciente del pensamiento o, mejor dicho, de la capacidad de pensar, sus ojos se abrieron. Estaba en un portal, tumbada, cubierta de mantas junto a Vanya y las niñas, que estaban despiertas. Ambas mujeres se miraron. Los ojos se les llenaron de lágrimas compartidas y los corazones de perdones concedidos.

La anciana volvió a recostarse junto al abrazo de la bondad y el amor de los tres ángeles que la habían salvado.

El niño que quiso ser viento

La noche anterior a su desaparición, Oleg durmió en su cama arropado con la canción de su babusya y despertó bajo los escombros en los que un misil ruso había convertido su casa.

El humo y el polvo suspendido enturbiaban su visión e invadían sus pulmones haciéndolo toser de manera continuada. La boca le sabía a sangre. Se encontraba boca arriba y con la mitad de su cuerpo aprisionada  con partes de algo que antes fue su habitación. 

Las imágenes que se revelaban a su alrededor parecían irreales. No lo quería creer. Todo estaba destrozado y le costaba reconocer los objetos que antes eran suyos. Era como si estuviese viviendo la vida de otro en la suya propia. 

Deseó hacer desaparecer todo aquello. Deseó que fuese una de esas horribles pesadillas en las que al despertar siempre estaba el abrazo de su madre para reconfortarlo. Cerró los ojos con fuerza, implorandole a un dios que ya no estaba allí, con la esperanza de que, al abrirlos, todo volviese a estar como la noche anterior.

Fueron veinte interminables segundos antes de romperse, comenzar a llorar y ser consciente de que, lo que estaba sucediendo, era el más terrible de sus presentes.

El llanto de desesperación se intercalaba con gritos de auxilio y tirones fuertes de su cuerpo con el fin de zafarse de todo aquello que tenía encima. 

Giró la cabeza en todas las direcciones. Estaba sólo y sólo tenía doce años para afrontar todo lo que le estaba pasando. Su respiración se aceleró, tomaba aire a intervalos cortos, como si se le hubiera olvidado hacerlo…

La nube de polvo se fue disipando poco a poco y un trozo de cielo azul se coló por el único hueco que daba al exterior. La pincelada de color, entre el gris fúnebre del hormigón, le produjo una  mezcla de esperanza y ansiedad. 

Las lágrimas seguían resbalando por su cara como si no fuesen a acabar nunca, como si el niño estuviese deshaciéndose en el río de su propio dolor.

Más gritos, esta vez llamando a su madre, se fueron disipando poco a poco en su garganta, a consecuencia de las heridas y la fatiga que ya se había instalado en su ánimo. A sus llamadas le respondieron ecos de artillería. 

Una corriente de aire frío que se colaba entre los cascotes erizó la piel del muchacho. Se frotó con fuerza los brazos intentando darse algo de calor. Así pasó las siguientes horas, hasta que  todo quedó sumido en un extraño silencio. La guerra también lo había abandonado.

Una bolsa de color blanco cruzó volando por el exterior. Giraba sobre sí misma, como si un ser invisible jugueteara con ella. Oleg la siguió con la vista hasta que desapareció por los límites del hueco. Un extraño pensamiento surgido del delirio le hizo querer convertirse en una y salir de aquel agujero para subir hasta alcanzar las nubes. 

La bolsa volvió a aparecer por el hueco. Esta vez parecía caer en picado, parecía cargar con un gran peso y que ya nadie jugaba con ella. Entonces decidió que no quería ser como la bolsa.

El día seguía avanzando y al niño se le iban las fuerzas por unos ojos que regaban su calvario. Todo parecía doler menos. Su consciencia iba y venía en pequeños lapsus de tiempo y el cielo había dejado de ser azul. Todo parecía irse apagando

En el borde del agujero apareció entonces una paloma. Movía la cabeza sin parar, casi de manera espasmódica. Dió un par de pasos y salió volando.

El chico envidió al pájaro. Dejó de lado la cordura que le quedaba y se imaginó que escapaba aleteando, sin parar, sintiéndose libre. Ligero. Desde las alturas divisaría toda la ciudad…

Algunos disparos cambiaron el escenario de su ensoñación. Las detonaciones lo trasladaron a las salidas que hacía con su tío Alexander para cazar con su antigua escopeta. Tuvo miedo de que su tío le disparara y tampoco quiso ser pájaro.

Entre desvaríos, el sonido de unas pisadas cercanas activaron al muchacho. Intentó agudizar el oído, aguantó la respiración y permaneció con los ojos cerrados. Volvieron a escucharse. 

—¡Ayuda! ¡Aquí! ¡Por favor…! 

El dolor volvió con crudeza a su cuerpo, como si también quisiera reivindicar su presencia.

Los pasos se apresuraron hasta que por el hueco apareció la cabeza de Yure, al que reconoció minutos más tarde. Era el hijo del zapatero al que el padre de Oleg siempre le profería multitud de maldiciones por haber ayudado a los activistas prorrusos durante el conflicto del Donbás. 

—Oye, ¿estás bien? —dijo, Yure— ¡Estamos en guerra! —y tal cual había aparecido, desapareció.

Oleg se quedó petrificado de terror. Los insultos que tantas veces había escuchado rebotaban en su boca. No sabía qué hacer con ellos. La cabeza estaba a punto de estallarle. Gritó. La cabeza de Yure volvió a aparecer por el hueco y, como si hubiera escuchado esas palabras que nunca se dijeron, le anunció al muchacho:

—Voy a buscar ayuda, no te preocupes. No voy a abandonarte —Y volvió a irse.

Tardó muchos minutos en acompasar de nuevo la respiración. En su ánimo apareció un atisbo de optimismo. 

El viento empezaba a soplar aún con más fuerza y notaba como lo envolvía. Ya no notaba el frío. Ni el dolor. Ni el peso de los escombros sobre él. Se sentía ligero, como si fuese capaz de salir volando.

Entonces quiso ser viento. Viento del norte y del sur, del este y el oeste. Sin pertenecer a  ningún lugar y a todos a la vez, sin miedo, sin dolor.

Creyó volver a escuchar la canción de su babusya, creyó volver a estar en su cama, en la noche anterior. Oleg empezó a echarse de menos y se fue.

En ese preciso instante, llegó Yure con ayuda para sacar al muchacho y cuando introdujo la cabeza en el agujero sólo encontró una suave brisa que acarició su cara.