Recuerda olvidar

A Julio, la revisión de la ITV del coche le causaba pavor. No se explicaba como, algo así, podía provocarle un desasosiego tal, que llegara a considerar su coche como un elemento extraño y a la persona que lo revisaba, su enemigo.

En la oficina de la estación de la ITV esperaba, impaciente, a que su código apareciera en la pantalla. Cuando lo hizo, sus nervios aumentaron.

El operario que se encargaba de su inspección le recogió la documentación y le entregó un “walkie” para comunicarse con él.

Comenzó con órdenes, simples y directas. Julio miraba desesperado el salpicadero de su coche y no encontraba nada, se había convertido en el cuadro de mandos de un Boeing 747.

Un sudor frío le resbalaba por la sien, se sentía el hombre más torpe del mundo  intentando adivinar dónde estaban las luces antiniebla. Su teléfono móvil sonó. No conocía el número. Rechazó la llamada, al instante, pensando que sería algún tele-operador con una oferta.

Encontró el interruptor solicitado, pero ahora no sabía si el botón que había pulsado era para encender las delanteras o las traseras. Cómo le solía suceder en estas situaciones, accionó justo las contrarias a las reclamadas por el revisor. Se sintió más inútil y, con una medio sonrisa, procuró ocultar lo evidente.

El teléfono volvió a sonar. Era el mismo número. Intentando rechazar la llamada, a la vez que atendía una nueva orden, se equivocó y la descolgó . En un sólo segundo, se encontró buscando la palanca para abrir el capó e intentando explicarle a su interlocutor que en ese momento no podía atenderle:

—Buenos días, ¿es usted hijo de Julio Gutiérrez Manjón?

—¿Eh? Sí, sí, así es, pero ahora mismo…

—Su padre ha muerto.

—¿Cómo dice?¿Qué mi padre…?

—Soy el médico de la residencia de la tercera edad “José Bouza”. Esta mañana encontramos el cuerpo de su padre caído, en el baño de su habitación. Al parecer resbaló y se golpeó en la nuca, de manera mortal ¿Desea usted que le hagan  la autopsia?

—¿Yo? No sé. ¿Qué hacen ustedes en estos casos?

—Pues lo que usted quiera, pero a lo mejor no quiere perder el fin de semana esperando el resultado de algo tan obvio. Se alarga bastante el asunto.

Julio lo tuvo claro desde el primer momento.

Entró por la puerta de la residencia con la sensación de llevar escrito en la frente «soy el hijo del muerto». Y no estaba equivocado. Los ancianos que estaban sentados en la entrada,  clavaron sus miradas en él, parecían estar esperándolo. Todos allí vivían con la certeza de que, en cualquier momento, podría ser su hijo, el que entrara por esa puerta por el mismo motivo. Desde el primer día en que llegaron allí. Habían aceptado, con resignación, que la muerte se pasease por los pasillos de las habitaciones, buscando una nueva vida que llevarse a la boca.

Uno de ellos, que manejaba una silla de ruedas y al que le faltaba una pierna, chocó contra él, de forma deliberada, gritándole que se había puesto en su camino. Julio intentó disculparse, pero el hombre seguía insistiendo con su acusación. Algo le decía que esa cabeza había dejado de funcionar hace tiempo.

En el mostrador de la entrada, tras identificarse, una recepcionista le dio las instrucciones necesarias para poder llegar a una pequeña sala que hacía las veces de velatorio.

Al entrar, en la sala indicada, vio a una chica joven que permanecía sentada frente a la ventana de cristal de la habitación, donde debía reposar el cadáver.

—¿Eres tú, Leo? —dijo Julio, sorprendido.

Ella levantó la cabeza despacio y, tras mirarle fijamente a los ojos, le devolvió el saludo, con un gesto leve. Julio se acercó despacio y se sentó a su lado. Durante un par de minutos, ambos, se quedaron mirando el cristal, en silencio.

—¿Qué haces aquí? Eres la última persona a la que esperaba encontrarme aquí.

—Ya ves, me llamaron y, a pesar de todo, aquí estoy. Llevo media hora sentada y no he podido asomarme. Aún le tengo miedo.

—Ya no puede hacernos daño.

—No lo puedo evitar, hay temores que, a pesar de las circunstancias, no desaparecen, sólo cambian de forma.

Un televisor, de una sala contigua, empezó a funcionar e interrumpió la conversación entre ambos. Tenía el volumen bastante alto y se escuchaba con claridad.

—A alguien se les han acabado las pilas del audífono —dijo Julio, intentando aliviar la tensión del momento. Se levantó con las manos hundidas en los bolsillos y se quedó mirando la pared de donde provenía el sonido.

Eran las noticias del medio día y retransmitían el típico reportaje del «Día de muertos» de  México, concretamente en el estado de Michoacán, donde, al parecer, cientos de personas veneraban a sus difuntos adornando sus lápidas con flores, comida, velas  y fotografías.

—Te imaginas que nosotros también tuviéramos que hacerle una fiesta cada año, para recordarlo.

—Antes, me cortaría las venas —dijo Leo, sin pensarlo demasiado.

—El viejo era un auténtico cabrón ¿verdad?

—Sí, hasta que pudimos sacárnoslo de encima y encerrarlo aquí.

—A partir de ahí, mamá pudo vivir tranquila, algunos años.

—Todos vivimos tranquilos, desde entonces.

—Lo siento. Ojalá hubiese tenido el valor de sacarlo antes de casa.

Leo lo miró resignada y se levantó.

—No merece la pena hablar de ello.

Cuando hubieron aclarado con la directora que es lo que iban a hacer con el cuerpo de su padre, salieron de la residencia y, antes de separarse, se fundieron en un abrazo. Un nudo de sentimientos entremezclados se sucedieron entre los dos hermanos.

—Hermanita, ¿sabes? He pensado que al contrario que hacen en México, nosotros podríamos tener este día para reunirnos y recordar que debemos olvidarle. Ir a un restaurante caro, con su decoración elegante, su buena comida y darnos un festín. A nuestra salud.

—Empecemos hoy.

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