Esperanza

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Era la tercera vez que Esperanza se asomaba al balcón para comprobar si la embarcación de su padre había regresado. Forzaba la vista para escudriñar la silueta de cada uno de los pesqueros que entraban por la bocana del puerto.

«Es el Marina», se lamentaba.

A su corta edad había aprendido a distinguir los barcos que atracaban allí.

—Mamá, ¿Papá vendrá esta noche?

—Sí, claro —dijo su madre, a sabiendas de que era muy complicado.

Hacía ya cuatro días que su marido había salido de pesca a la isla de Alborán. En el último parte de la guardia costera informaron que un fuerte temporal de levante se aproximaba al estrecho y que ,en contra de la recomendación de esta, la tripulación del barco había decidido regresar, pasando a través de él.

Miraba con fascinación como el viento desordenaba los rizos dorados de su hija que, con tanto esmero, le había peinado aquella mañana. Se acercó a ella y le dio un beso en la cabeza, antes de retirarse a la cocina. Esperanza respondió al gesto cariñoso de su madre con un abrazo. Después volvió a colocarse sobre la barandilla del balcón apoyando la barbilla sobre sus manos, sin despegar la vista del horizonte.

Otras embarcaciones llegaron formando una hilera, pero ninguna era el pesquero Hermanos García que era con el que su padre faenaba.

A cada barco que veía en la lejanía le dedicaba un momento de respiración contenida seguido de un resoplido de decepción al comprobar que no era el que buscaba.

Escuchaba los vítores de alegría de otros vecinos que, al igual que ella, permanecían atentos a la llegada de sus maridos o padres o abuelos y que sí habían regresado durante la tarde. Ya sólo les quedaba desear que hubieran tenido una buena jornada de pesca, porque de ello dependía y mucho, como pasarían las navidades o si, ese año, los Reyes Magos serían más o menos generosos.

La madre de Esperanza, enfadada consigo misma, se frotaba las manos en el mandil mientras intentaba recordar la sal que le había echado al asado, por más que lo probaba no conseguía distinguir el sabor exacto que tenía. Iba de un lado para otro de la cocina e intentaba pensar para que había abierto un cajón o por qué tenía agarrado con la mano un tenedor. Además un resquemor se había alojado en la boca de su estómago provocándole fuertes ardores que intentaba controlar presionándose el pecho.

En cada parada que hacía, miraba a la niña con la visión nublada y la barbilla temblorosa e intentaba retomar de manera infructuosa lo que había dejado a medias.

—Por favor, hija, vuelve dentro que se está levantando fresco.

La niña se giró hacía la madre lo justo para negarse y volver a mirar al frente.

—Por favor, Esperanza, entra y ayúdame a terminar la cena -insistió.

A regañadientes, la niña obedeció a la madre, no sin antes lanzar un último vistazo en busca de una señal ilusionante.

La mujer agarró a su hija por los hombros y, con sus manos temblorosas, la acercó a su estómago dolorido, mientras sus ojos buscaban fijos cualquier masa flotante que le resultara familiar, pero el mar sólo le devolvía el azul de sus ojos.

Transcurrió la tarde y la noche oscureció todo. El viento silbaba y el haz intermitente del faro se distinguía por la ventana del salón, entre tanta negrura.

Esperanza estaba terminando de poner la mesa y, cuando fue a poner el servicio de su padre, se detuvo un momento. Su madre, que estaba viendo la escena desde la cocina, se giró abatida y, agarrando con rabia el borde de la encimera, gritó, con la voz quebrada:

—Esperanza, por favor, coloca la vajilla con los bordes plateados, la que a papá le gusta tanto.

La niña reaccionó a la voz y se dirigió rauda a ejecutar el encargo.

En la cocina, la radio de onda corta volvió a dar el parte meteorológico sin que este diese signos de mejoría. La mujer sacó una medalla de la Virgen del Carmen y comenzó a besarla, a  la vez que pedía que hiciera de estrella guía para que su marido regresase, sano y salvo.

Se hizo la hora de cenar. La Nochebuena no esperaba a nadie y sin más dilación, tuvieron que sentarse una frente a la otra.

—Esperanza, recemos un poco antes de comenzar.

La madre tendió su mano sobre la mesa para que la hija acercase la suya y agarrarla. La otra, la extendieron, vacilantes, hacía el hueco vacío que había entre ellas y cerraron los ojos.

Algunos cánticos navideños de los vecinos se filtraron, por las finas paredes de la habitación, desluciendo el momento. La mujer agradeció los alimentos que iban a tomar y pidió, en silencio, por el regreso de su marido. Una lágrima caliente le resbaló por la mejilla. Deseó que Esperanza aún permaneciera con los ojos cerrados. Con un ahogado «Amén» terminó el rezo.

Ambas abrieron los ojos y clavaron su mirada en la otra. Ninguna se atrevía a coger el cubierto para comenzar a comer, ninguna quería dar comienzo a la Nochebuena de aquella forma. Los labios de la pequeña comenzaron a temblar, le siguieron sus piernas para terminar uniéndoseles las manos, también.

—¿Tienes frío, amor? —dijo, la madre, inquieta.

La niña asintió con la cabeza, pero ambas sabían que no era verdad. La madre se dispuso a levantarse con la intención de abrazar a Esperanza, cuando se escuchó como alguien introducía la llave en la cerradura de la puerta.

La mujer volvió a sentarse despacio en la silla, agarrándose la medalla del cuello y las dos clavaron sus miradas en la entrada. Las manos que no se habían separado, se agarraron aún más fuerte. Sus respiraciones se aceleraron.

La puerta se abrió, tras ella, el marido y padre, unidos en un solo corazón. Madre e hija corrieron a abrazarle, entre lágrimas desatadas.

La Nochebuena había empezado…